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BIOGRAFÍAS
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NATIONAL ACTION PARTY / PARTITO D' AZIONE NAZIONALE
Fotos de panistas
DATOS DEL EDITOR
Partidos políticos en el mundo
LETRAS DE LOS POLITÓLOGOS
 
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En junio de 1988, en la víspera de las elecciones federales, la Revista La Nación
publicó esta fotografía en la segunda de forros, en donde aparezco con la máscara de Carlos Salinas de Gortari y mi amigo Ignacio Villanueva Bahena me jala las orejas ante el regocijo de la Prensa Nacional y de los propios panistas. Eran tiempos difíciles.
EL EDITOR.
Maquío, mi padre. El hombre y el político
Tatiana Clouthier
Presentación de Olga Wornat, México, Grijalbo, 2007, 190 p.
ISBN 978-970-780- 361-9


No pretendió la hija de Manuel J. Clouthier escribir una biografía del carismático líder panista. Como concluye Loaeza —cuya historia de esa “oposición leal” sigue siendo la principal obra en la materia—, Maquío era un “hombre bueno, aunque dominado por sus impulsos y sus debilidades”


Un frío anochecer de 1986 en la ciudad de Oxford, viajaba en autobús con María Antonieta López Portillo. Dos mujeres jóvenes se sentaron delante de nosotros. Escuché que hablaban en español con un acento norteño inconfundible y les pregunté si eran mexicanas. Desenfadadas y alegrotas respondieron que sí. Cuando les dije que éramos del Distrito Federal una de ellas espetó: “Seguro trabajan en el gobierno”. Aclaré que era investigadora invitada en la universidad. Se presentaron: “Lucía y Lorena Clouthier”. Enmudecí. De golpe reconocí los rasgos y el colorido del rubicundo líder empresarial que desde la expropiación de la banca en septiembre de 1982 se había convertido en un vociferante opositor del ex presidente López Portillo. Nos bajamos en la siguiente esquina.
En el testimonio de Tatiana Clouthier encuentro de nuevo el acento norteño, el desenfado y la ingenuidad de aquellas niñas. Esta memoria, escrita con base en recuerdos y anécdotas familiares, quiere ser un homenaje a lo que la hija considera las principales enseñanzas del padre: la defensa de la libertad y el compromiso con la responsabilidad individual. No obs-tante, Manuel Clouthier no era un liberal pues su autonomía se topaba con un límite infranqueable: la voluntad divina; en ella depositaba su destino y el de los suyos. Así, a la pregunta de por qué un hombre como él se lanzó a la política y estuvo dispuesto a poner en juego su vida y su hacienda en una batalla que muchos de sus amigos y parientes consideraban estéril, la autora responde que los seres humanos somos instrumento de dios y venimos al mundo para cumplir la misión que se nos ha asignado. En esos términos, dice, su padre aceptó el trágico suicidio de un hijo preadolescente: “cada quién viene a enseñar y a vivir su propio aprendizaje de la vida, y cada quién se va cuando su misión ha sido concluida”. Debemos entender que hace extensiva a su padre esta interpretació n de la vida y de la muerte, aunque Tatiana Clouthier se rebela contra ella cuando sugiere que el accidente automovilístico en el que éste perdió la vida fue en realidad un asesinato.
El estilo coloquial y directo del libro parece ser una de las pruebas que da la autora de su compromiso con las causas y la personalidad de su padre, pero la ausencia del toque mágico de la literatura le imprime aspereza a la narración de la vida cotidiana de los once hijos y de la pareja Clouthier Carrillo. La lectura me hizo extrañar la intervención de un editor riguroso que aliviara el efecto de esta desnudez con la que se rinde el retrato de una familia sometida a la vitalidad y energía desbordantes —a veces pueriles— de un padre imponente y arbitrario, que se dejaba guiar por sus emociones y por la tradición. Las páginas de Maquío, mi padre dan cuenta de las euforias, las depresiones, las intemperancias y la muy básica religiosidad del empresario que a principios de los años ochenta puso energía y vitalidad al servicio del pan y del cambio político. Los mismos rasgos de personalidad que hicieron de Clouthier un esposo demandante y un padre temible, aunque juguetón y amiguero, lo convirtieron en el detonador de la modernización del pan y, más en general, de la derecha mexicana.
Clouthier abrió el partido a nuevos liderazgos y propuestas y fundó una poderosa corriente que hoy sigue vigente. Su trayectoria ejemplifica el cursus honorem de los panistas de fines del siglo xx, en particular de los norteños: miembro de una elite local, hizo estudios secundarios en Estados Unidos y profesionales en el Tec de Monterrey, administró y fundó empresas, ingresó al Movimiento Familiar Cristiano, a la Coparmex, y de ahí al pan. No obstante, la autora pasa por alto que su padre buscó la candidatura del pri a la presidencia municipal de Culiacán, y que llegó a dirigir el Consejo Coordinador Empresarial a propuesta del presidente López Portillo, quien a Clouthier, como a muchos, deslumbró primero, para “traicionar” después.
La mayor parte de este libro está dedicada al padre de familia, y en consecuencia son pocas las referencias a su relación con el partido —que fue más o menos armónica, pues el sinaloense estuvo dispuesto siempre a disciplinarse a las reglas partidistas dando muestra de que podía ser humilde ante las propias limitaciones, una actitud que no fue en demérito de su impacto sobre el desarrollo posterior del panismo—. Por ejemplo, en la movilización de protesta poselectoral del verano de 1988, el liderazgo panista lo dejó solo: mientras Clouthier proponía la anulación del proceso electoral, la dirigencia del partido negociaba distritos y curules con el equipo del candidato del pri, Carlos Salinas.
Tatiana Clouthier entrecomilla las pretensiones de Vicente Fox de ser el heredero de su padre. Mucho tienen en común, por ejemplo, el origen provinciano, la fe en dios, una experiencia empresarial de éxito limitado y la política como una segunda opción profesional. Sin embargo, Clouthier jamás mostró la arrogancia personal de Fox ni creyó que en política se bastaba él solo; así dio origen a una corriente y no sólo a una camarilla, por eso su huella en el partido será más profunda y duradera.
La intención de la autora al escribir este libro es darnos a conocer al hombre privado para que entendamos al hombre público. Me pregunto si acaso la imagen que ahora tengo de Manuel J. Clouthier, un hombre bueno, aunque dominado por sus impulsos y por sus debilidades, es la que su hija quería transmitir, porque como padre de familia me conmueve, pero me asusta un poco pensar que hubiera podido ser presidente de la república.

Soledad Loaeza, politóloga, es profesora e investigadora en El Colegio de México
El "Sindrome Corella": patología del PAN

Aminadab Rafael Pérez Franco
Hace ya algunos años, en los tiempos de la presidencia nacional de Luis H. Álvarez, uno de los dirigentes más destacados y polémicos del panismo de entonces fue Norberto Corella.

Este hombre, quien causó óbice en la primavera de 2004, fue un gran dirigente político y empresarial. En 1965 fue candidato del PAN a la gubernatura de Baja California y en 1968 triunfador a la presidencia municipal de Mexicali, pero despojado arbitrariamente del triunfo, al igual que el conseguido en Tijuana y en 9 de los 13 distritos, cuando el autoritarismo del PRI prácticamente dio Golpe de Estado en la entidad; luego, el destino le permitió ser diputado federal y senador de la República donde, combativo siempre, dio con gran energía sus últimas batallas.

En el ámbito empresarial, Norberto fue un auténtico misionero, fundando casi todos los centros empresariales y patronales que existen en el Noroeste de México, desde Nayarit hasta Baja California.

Tal vez sea injusto usar su apellido para identificar un cáncer del panismo actual; pero vale la pena referirse a aquellas ideas, mezcla de buena voluntad e ingenuidad, que terminan convirtiéndose en las peores pesadillas de la política panista.

Cuando Norberto Corella volvió de Filipinas tras conocer en sitio la experiencia de la Resistencia Civil que encabezó Benigno Aquino contra la dictadura de Ferdinando Marcos, su voz y su activismo adquirieron gran relevancia en el CEN de aquellos años. En todo tipo de sesiones de trabajo estratégico y operativo, con el apoyo de don Luis y del Maquío Clouthier, Norberto insistía a los cuatro vientos que el PAN debía crecer, fortalecerse, radicalizarse; a cada cuestión planteada sentenciaba con una frase irrefutable: “¿Qué queremos: un Partido grandote o un Partido chiquito?”.

Y cada quien, desde su perspectiva institucional, echaba a andar su propia visión del “Partido grandote” imaginándolo grande en ideas, grande en líderes, grande en estructura, grande en gobiernos, grande en “la grande”. Casi nadie cuestionaba la noción de construir un PAN grandote, y para eso se aprobó recibir financiamiento público, contratar empleados, construir edificios, pintar bardas, movilizar gente, en fin, mostrar que había llegado la hora para que Acción Nacional hiciera política “en grande”.

Así por ejemplo, el Padrón Interno del PAN ha crecido de entonces a la fecha diez veces: de unos 170,000 militantes activos en 1990 ha pasado a más de 1.8 millones al inicio de 2012. En simples números el sueño de Norberto se hizo realidad: tenemos aquí al “Partido grandote”.

Sin embargo, cuando volvemos la mirada y nos damos cuenta cómo se ha dado ese “crecimiento espectacular”, nos topamos con situaciones inquietantes, con dinámicas contrarias a la forma en que el PAN entiende su característica de instrumento ciudadano y con un Partido donde lo que más ha crecido son sus problemas.

Hubo una vez un PAN en el que el proselitismo personal era la base de su proceso de afiliación. Todavía hasta mediados de los años ochenta del Siglo XX ingresar como miembro de Acción Nacional era un proceso que presuponía el contacto directo con los panistas, participar en las actividades, apoyar en las campañas, representar en las casillas, colaborar en los gastos; la manera en que se pagaba el derecho de piso era sutil y efectiva, todos podían ir a las asambleas y convenciones panistas como invitados y participar, sin necesidad de afiliarse, en un partido de ciudadanos libres.

Firmar la solicitud y recibir la credencial era un trámite que duraba meses o años; sólo aquellos realmente convencidos de luchar se hacían acreedores a recibir la cédula, con firma autógrafa del presidente del Partido en turno y que muchos guardan orgullosamente como muestra de una adhesión voluntaria, libre y consciente a la causa intemporal de Acción Nacional.

Durante la presidencia nacional de Carlos Castillo Peraza, uno de los puntos nodales del redimensionamiento del Partido fue la transformación del proceso de afiliación. El Comité Nacional de entonces aprobó dos cambios fundamentales: uno fue, permitir que los ciudadanos se afiliaran de inmediato como miembros adherentes sin mayor trámite que firmar la solicitud; el otro, establecer requisitos para que los miembros adherentes pasaran a ser activos como acreditar un curso, la participación en actividades del partido y la aprobación del Comité Municipal respectivo.

Las reformas aplicadas con posterioridad, muchas ya en el presente Siglo y con el Partido en el gobierno, como la necesidad de recabar firmas para postularse a una candidatura o dar a los miembros adherentes el derecho a elegir algunas candidaturas; así como la llegada de miles de funcionarios quienes de la noche a la mañana se convirtieron en panistas sin que pasaran por un proceso de asimilación de los principios, identidad y mística del PAN, han alterado significativamente la noción de militancia, el valor de la membresía, la veracidad del Padrón de Miembros y las condiciones en que se desarrollan los procesos internos para elegir dirigentes y candidatos.

La Fundación Rafael Preciado Hernández estimó en una reunión realizada el año pasado que su capacidad instalada para ofrecer capacitación a los militantes en el nivel básico alcanza a unos 50 mil por año. Sin contar la actividad de capacitación en estados y municipios, tenemos que se requieren al menos 9 años tan sólo para darle una embarrada de panismo a los 430 mil que se sumaron durante la última campaña de afiliación en 2010, aquella en que firmaron su solicitud Patylú, Mariana Ochoa e Iridia Salazar, entre otras celebridades.

Pero los procesos internos en lo que va del presente Siglo han dado cuenta de padrones que crecen al ritmo de las afiliaciones corporativas y no del convencimiento individual; de militantes hacinados en un mismo domicilio y que muestran inconsistencias en los datos de su credencial para votar; de dinámicas de empadronamiento que responden a estrategias de grupos internos para dominar a otros. Todas estas anomalías forman parte de un entorno donde se ofrecen todo tipo de satisfactores pragmáticos, desde ofertas de trabajo hasta satisfactores en especie a cambio de votos, y donde cada vez son más los panistas que buscan cómo trabajar políticamente en esa lógica, abandonando la participación individual, la voluntad libre o la ponderación de los méritos de los candidatos.

El “Partido grandote” es en el presente un instrumento alejado de los fines originarios para los que fue creada Acción Nacional. Es un sofisma cuya dimensión le causa hipertrofia y confusión; es una prueba de que el hecho de que voten más no equivale a una mejor democracia procedimental; es el caldo de cultivo de los vicios, las transacciones, las negociaciones, el tráfico de muchos votos y de las designaciones que, inútilmente, tratan de parar las anomalías en el PAN.

La medicina para curar el “Síndrome Corella” no es otra que depurar al Padrón, tanto en número como en militancia; no es posible ignorar aquellos requisitos básicos que González Luna señaló que debía cumplir todo militante panista: asistir a las actividades, pagar cuotas y trabajar en campaña. Si se vuelven a exigir estos y otros requisitos como el refrendo y acreditar conocimientos, se avanzaría rápidamente en la depuración. Pero seguramente múltiples intereses se opondrían a esta depuración, porque su resultado sería una reducción muy grande del número de afiliados, y por lo tanto, menos facilidades para comprar votos, administrar firmas, negociar candidaturas o aplastar a los adversarios internos.

Pase lo que pase después de las próximas elecciones de julio, el PAN tiene que tomar las medidas que paren al interior del PAN todos estos vicios antidemocráticos. Que traten con urgencia el “Síndrome Corella” para superar la esquizofrenia de un Partido que en muchos sentidos es formalmente democrático por la operación inescrupulosa de liderazgos a los que la autoridad del Partido no pone límites y que a veces pareciera consecuentar sin remedio. Habrá que demostrar que Acción Nacional tiene la capacidad de curarse a sí mismo del cáncer de la antidemocracia y las ambiciones que no se atendieron oportunamente.
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LOS DEBERES DE UN BUEN GOBERNANTE.
Segùn Confucio.
“Si la locura humana no encuentra una píldora que la pueda curar,y si esa píldora no la prohíben los locos que nos quieren ver multiplicándonos incesantemente, el <reino del hombre> llegará a duras penas al 2100.
A este paso, en un siglo el planeta Tierra estará medio muerto y los seres humanos también.
GIOVANNI SARTORI

LOS DEBERES DE UN BUEN GOBERNANTE
(Según Confucio)

El ser humano debe buscar siempre en su interior, el camino recto y las normas de conducta moral, pues las que provienen de su exterior, no derivan directamente de la propia naturaleza humana, sino de la irracionalidad.

Existen cinco deberes fundamentales para los gobernantes, mismos que se refieren a las relaciones siguientes: la relación que debe haber entre el príncipe y los súbditos, entre el padre y sus hijos, entre el marido y la esposa, entre los hermanos mayores y los menores, y entre los amigos. El recto comportamiento de estas cinco relaciones constituye el principal deber común a todos los hombres.

En el buen gobierno de los reinos se necesita observar nueve reglas universales: el dominio y perfeccionamiento de uno mismo, el respeto a los sabios, el amor a nuestros familiares, la consideración hacia los ministros por ser los principales funcionarios del reino, la perfecta armonía con todos los subalternos y con los magistrados, una cordial relación con el pueblo, la aceptación de consejos y orientaciones de sabios y artistas de los que siempre debe rodearse el gobernante, la cortesía con los transeúntes y extranjeros, y el trato honroso y benigno para con los vasallos.

Cuando el hombre prudente es llamado al servicio público, no se enorgullece ni envanece por ello; si su posición es humilde, no se revela contra los ricos y poderosos, mucho menos con los que menos tienen. Cuando la ciudad es administrada con justicia y equidad, bastará su palabra para que le sea concedida la dignidad que merece y es cuanto nace la verdadera autoridad moral. En cambio, cuando el reino sea mal gobernado y se produzcan disturbios y sediciones, bastará su silencio para quebrantar su autoridad.

El sabio pretende que sus acciones virtuosas pasen desapercibidas a los hombres, pero día por día se revelan con mayor resplandor. Contrariamente, el hombre inferior realiza con ostentación las acciones virtuosas, pero se desvanecen rápidamente. La conducta del sabio es como el agua: carece de sabor, pero a todos complace; carece de color, pero bella y cautivadora; carece de forma, pero se adapta con sencillez y orden a las más variadas figuras.

Contrólate a ti mismo hasta en tu casa; no hagas, ni aún en el lugar más secreto, nada de lo que puedas avergonzarte. Sin ofrecer bienes materiales el gobernante sabio se gana el amor de todos; sin mostrarse cruel ni encabezado, es temido por el pueblo, más que las hachas y las lanzas. La pompa y la ostentación sirven de muy poco para la conversión de los pueblos.
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¿Sabías que...?
El precursor de la Democracia Cristiana fue un pensador francés llamado Federico Ozanam quien en 1830, usó por primera vez la expresión “Democracia Cristiana”. Ozanam fundó un movimiento político y un periódico (L´Ere nouvelle) donde trabajaba por la aproximación entre la democracia y los católicos. Llegó a afirmar en 1848: “… saludamos con gozo la llegada definitiva de la democracia moderna… esta democracia es obra de Dios, del tiempo y del genio del hombre…”.

La Democracia Cristiana nació como pensamiento inspirado en un movimiento y rápidamente se convirtió en la animadora doctrinal de muchos partidos políticos, que surgen en Europa durante las últimas décadas del siglo XIX.
¿Sabías que...?
La Doctrina Social de la Iglesia Católica comienza a desarrollarse desde sus primeros años. Son los llamados padres de la Iglesia: San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Clemente y, sin lugar a dudas, San Agustín. En términos generales, el pensamiento social patrístico se centró en el problema de la propiedad.

Los padres de la Iglesia abogarán por la justicia y el derecho de los pobres: LO QUE SE DA AL POBRE ES UNA DEUDA EN NOMBRE DE LA JUSTICIA Y LA LIBERTAD. POR EL DERECHO NATURAL SE ESTABLECE EL DERECHO DE TODOS A LA MISMA LIBERTAD.*
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Letras de los politólogos
Clasificación de los Partidos Políticos

Existen múltiples clasificaciones sobre los partidos políticos, atendiendo a aspectos diferentes, y postuladas por distintos autores; dentro de las más utilizadas figuran las que se señalan a continuación:


1.- Clasificación de Max Weber

Según Weber los partidos son por su naturaleza más íntima, organizaciones de creación libre que se sirven de una propaganda también libre en renovación constante. Su objeto consiste siempre en la adquisición de votos en las elecciones como vía a la obtención de cargos públicos.

Weber es autor de dos famosas clasificaciones. La primera que atiende a la estructura interna del partido ya ha sido señalada: partido de notables y partido de masas. La segunda se vincula a los objetivos perseguidos por los partidos políticos y aquí Weber distingue partido de patronazgo, es decir organizaciones patrocinadoras de cargos estatales para los miembros del partido y partidos ideológicos, que se proponen la implantación de ideales de contenido político en la sociedad y el Estado.

Sin embargo, el propio Weber relativiza su clasificación cuando señala que por lo regular "los partidos suelen ser ambas cosas a la vez, o sea que se proponen fines políticos objetivos trasmitidos por tradición y que en consideración de ésta sólo se van modificando lentamente, pero persiguen además el patrocinio de los cargos". (19)

2.- Clasificación de Robert Michels

Al estudiar la naturaleza sociológica de los partidos políticos, Michels distingue entre partidos de clientela, basados en la fe y la autoridad de una sola persona (carisma), partidos de interés social o económico que tienen como base los intereses de clase, en especial los partidos obreros y campesinos, y partidos doctrinarios inspirados en las ideas políticas o morales que constituyen una visión del mundo.

Michels, discípulo de Weber señala, sin embargo, que todos los partidos representan matices o situaciones intermedias en las cuales coexisten elementos de estos tres tipos de partidos, aunque en proporciones desiguales. (20)

3.- Clasificación de Maurice Duverger

Duverger diferencia a los partidos teniendo como criterio central su estructura (morfología), distinguiendo los partidos de cuadro y los partidos de masas. (21)

Los primeros son partidos que prefieren la calidad de sus miembros a su número; sus integrantes son personas que disponen de gran influencia a nivel local o nacional. Desde el punto de vista de la organización se caracterizan por tener estructuras flexibles y poco organizadas, por lo general son poco disciplinados, carecen de un contenido pragmático desarrollado, por lo que cada una de las unidades partidistas disponen de gran autonomía de acción.

El financiamiento de estos partidos proviene generalmente de un mecenas. La fuerza fundamental de estos partidos, proviene de representantes electos, son típicos partidos políticos de creación parlamentaria y descansan en el prestigio y el apoyo de personas individuales.
Los partidos de masas poseen una estructura fuerte y una organización estable. Ofrecen una estructura piramidal en la que se superponen planos jerarquizados. Los militantes se identifican con la ideología más que con la persona misma, es una adhesión abstracta. Las decisiones reposan en la participación de todos sus miembros y la subordinación de la dirección de la base.

E1 financiamiento de estos partidos reposa en las cotizaciones de sus afiliados, esto lleva a estos partidos a tratar de obtener el máximo de adherentes posibles.

A medida que se produce la ampliación del sufragio y de la democracia, se produce un desarrollo de estos tipos de partidos.

Los partidos de cuadro realizan una labor política que generalmente es esporádica, y centrada en las elecciones. Sin embargo, la desventaja que esto significa frente a los partidos competidores de tarea permanente y estructura disciplinada y orgánica, lleva en definitiva a que los partidos de cuadro deban modificar su organización para llegar a ser partidos de masas.

4.- Clasificación de Otto Kirchheimer

A comienzos de los años cincuenta Maurice Duverger, estableció, como se mencionó anteriormente, la consolidación del partido de masas frente a cualquier otro tipo de organización política. Pero quince años más tarde Otto Kirchheimer, enunció su teoría del partido-escoba o atrapatodo. (22)

Kirchheimer, al acuñar la expresión de partido-escoba, no pensaba en una organización cuya base electoral se hubiese hecho tan heterogéneo que le permitiera representar a todo el espectro social, pues este autor sabía que esos rasgos no han caracterizado nunca, ni probablemente caracterizarán nunca a ningún partido.

La transformación del partido de masas en partido-escoba, según el análisis de Kirchheimer, significa la apertura a otros grupos sociales, debido a que la sociedad actual es mucha más secular, consumista y socialmente heterogénea que aquella en que se originaron los antiguos partidos de masas.
Kirchheimer, como parte de las implicaciones políticas que la transformación de la sociedad contemporánea significa, señala determinados aspectos, que desde su punto de vista son los más importantes:

· La posposición marcada de los componentes ideológicos de los partidos. Ellos se desideologizan y concentran su propaganda en el mundo de los valores y/o en temas generales, compartidos en principio por vastos sectores del electorado: el desarrollo económico, la defensa del orden público, etc.
· Una mayor apertura del partido a la influencia de nuevos grupos de interés. Ello va acompañado de una transformación de las viejas organizaciones afines al partido en grupos de interés con lazos y relaciones más débiles y esporádicas con el partido, que en el pasado.
· La pérdida de peso político de los afiliados; un declive pronunciado del papel de los militantes de base y desvalorización del papel del miembro individual.
· El fortalecimiento del poder organizativo de los líderes, autonomizados de la ideología del partido y que se apoyan ahora, para la financiación de la organización y para mantener sus lazos con el electorado, más en los grupos de interés que en los afiliados.

De esta forma actualmente se generan unas relaciones más débiles entre los partidos actuales y su electorado; este deja de depender de la existencia de una fuente implantación social de base y de subculturas políticas sólidas y compactas.

5.- Clasificación de Angelo Panebianco (23)

En base el modelo de partido de Otto Kirccheimer, el autor italiano, Angelo Panebianco, propone otros rasgos organizativos que son propios del partido-escoba; y destaca un aspecto que desde su punto de vista posee especial importancia: La progresiva profesionalización de las organizaciones de partido en las sociedades contemporáneas.

En el partido de masas, la burocracia del partido desempeña un papel crucial, pues ella se constituye en el instrumento mediante el cual los lideres del partido de masas mantienen los lazos que les unen a los afiliados, y, a través de los cuales se vinculan con el grupo social de referencia.

En cambio, en el nuevo partido, son los profesionales los que desempeñan un papel cada vez más importante, pues son tanto más útiles cuanto más se desplaza el centro de gravedad de la organización desde los afiliados a los electores.

La distinción entre burócratas y profesionales le sirve a Panebianco como criterio principal para distinguir dos tipos ideales de partido:

· El Partido Burocrático de Masas.
· El Partido Profesional-Electoral.

Estos dos modelos presentan las siguientes diferencias:

Cuadro Nº4

Partido Burocrático de Masas
Partido Profesional-electoral
1.- Papel central de la Burocracia (competencia político-administivativa). 1.- Papel central de los profesionales (competencias especializadas).
2.- Partido de afiliación con fuertes lazos organizativos de tipo vertical que se dirige sobre todo a un electorado fiel. 2.- Partido electorista, con débiles lazos organizativos de tipo vertical y que se dirige ante todo al electorado de opinión.
3.- Posición de preeminencia de la dirección del partido; dirección colegiada. 3.- Posición de preeminencia de los representantes públicos, dirección personificada.
4.- Financiación por medio de las cuotas de los afiliados y mediante actividades colaterales. 4.- Financiación a través de los grupos de interés y por medio de fondos públicos.
5.- Acentuación de la ideología. Papel central de los creyentes dentro de la organización. 5.- El acento recae sobre los problemas concretos y sobre el liderazgo. El papel central lo desempeñan los arribistas y los representantes de los grupos de interés de la organización.

Es importante señalar, que los modelos de partidos propuestos por Panebianco, al igual como ocurre con todos los propuestos por los otros autores estudiados, son tipos ideales. Panebianco señala que así como en el pasado, ningún partido respondió por completo al tipo "burocrático de masas", en la actualidad ningún partido responde por completo, ni nunca podrá hacerlo, al tipo "profesional-electoral".

El tipo ideal del partido profesional-electoral lo que en definitiva hace, es mostramos cuales son las líneas de tendencia. Lo interesante es observar las diferencias y las adaptaciones del modelo de una organización partidaria a otra; las transformaciones se producen con fuertes variaciones, no sólo en las formas sino en los tiempos, entre unas sociedades y otras, y entre unos partidos y otros.

Las variables internas que más parecen incidir en la velocidad e intensidad de la transformación contemporánea de los partidos políticos, son fundamentalmente dos:



· La transformación será más rápida cuanto más bajo sea el nivel de institucionalización alcanzado por el partido en el período anterior. Por el contrario, cuanto más alto sea el nivel de institucionalización, más instrumentos tendrá el partido para resistir las presiones que lo empujan a transformarse
· La segunda variable propuesta por Panebianco, reside en el grado de fragmentación del sistema de partidos. Los grandes partidos, desde el punto de vista de su fuerza electoral, son los que experimentan las mayores presiones en favor del cambio. Por lo tanto, cuanto menos fragmentado se encuentre el sistema de partidos, y más dominado por la presencia de unas pocas grandes organizaciones, el cambio se producirá antes y más rápidamente. Una fragmentación excesiva del sistema de partidos tiende, por el contrario, a retardar y frenar la transformación.

Las causas de la consolidación del partido profesional-electoral se encuentran en el medio que rodea a los partidos. Los cambios organizados surgen bajo el impulso de un desafío exterior, generado por cambios en el entorno.

Hay dos tipos de cambios o variables externas, que afectan desde hace tiempo a las sociedades occidentales y que parecen encontrarse en el origen de esta transformación.

La primera variable afecta a los sistemas de estratificación social y tiene que ver con las modificaciones producidas en la proporción de los distintos grupos ocupacionales y en las características y actitudes culturales de cada grupo. Estas transformaciones de la estructura social que preocupa tanto a la teoría sociológica, repercuten en el electorado de los partidos políticos, obligándolos a modificar sus características, pues la antigua sociedad de clases sociales homogéneas y votantes cautivos, ya no existen.

El segundo cambio es de tipo tecnológico, y consiste en una reestructuración de las comunicaciones, y en especial de la televisión, la que ha influido de sobremanera en la organización de los partidos. Han cambiado las técnicas de propaganda, pues el público es más heterogéneo y, en general, más instruido. La televisión, junto a los grupos de interés se han convertido en una correa de transmisión entre los partidos y sus electores más importantes que las tradicionales organizaciones colaterales y que los funcionarios o los afiliados. Los funcionarios y militantes aún son funcionales para la organización, pero su papel se ha visto reducido por la consolidación de la política televisiva. Como es obvio, también se modifica el peso relativo de medios de comunicación y organización partidaria en los procesos de socialización política.
Estos factores, sumados a los cambios en la estructura social y en los sistemas de comunicación política, han contribuido a erosionar las subculturales políticas tradicionales, que hacían posible la fuerte implantación organizativa de los partidos de masas.

Según Panebianco el partido burocrático de masas era una institución fuerte y el partido profesional electoral, por el contrario, es una institución débil. La transformación implica, por lo tanto, un proceso de desinstitucionalización. La autonomía del partido respecto a su entorno se reduce y, simétricamente, aumenta la independencia del elector respecto al partido; crece el peso político de los grupos de interés, y la tendencia a la "incorporación" de los partidos al Estado.

También se reduce la coherencia estructural de la organización, pues tienden a diluirse las fuertes subculturas políticas que daban estabilidad a los escenarios electorales y garantizaban la autonomía y la coherencia estructural de los antiguos sistemas de partidos. Se puede concluir, entonces, que la época de los partidos fuertes está llegando a su fin.

Queremos terminar este punto, destacando que al considerar a los partidos políticos desde el ángulo organizacional, ellos deben ser simultáneamente entendidos como: (24)

· Burocracias; constituidas por los funcionarios especializados en el funcionamiento de la "maquinaria" del partido y que realizan el conjunto de tareas rutinarias básicas. Estas burocracias demandan la continuidad de la organización y la estabilidad de las propias jerarquías internas.
· Asociaciones voluntarias; es decir organizaciones cuya supervivencia depende de la participación no retribuida de sus miembros, la cual no puede obtenerse por medios coercitivos. Para lograr esta participación deben distribuir a sus miembros o afiliados, tanto incentivos selectivos (por ejemplo, cargos públicos) como incentivos colectivos (por ejemplo, un proyecto ideológico o doctrinario).

Cabe mencionar que los incentivos selectivos explican el comportamiento de las élites que disputan los cargos internos; de los clientes, que cambian votos a cambio de beneficios materiales y de los militantes con deseos de ascender. Los colectivos, en cambio, explican la conducta de la mayoría de la militancia de base y del electorado fiel.

Estos dos tipos de incentivos, son contradictorios entre sí, por lo cual, deben ser equilibrados por el partido. Los selectivos dañan a los colectivos, pues los primeros desperfilan la causa, mas la continuidad de la organización también depende de ellos.

· Organizaciones que requieren legitimidad democrática en la selección de los líderes. En una estructura política los cargos se determinan de distintas formas.
Puede ser por designación de una autoridad superior, o a través de una elección democrática. En el último caso los puestos internos cumplen funciones de carácter administrativo y de dirección política. A las áreas partidarias que presentan dichas características se les denominan "burocracias representativas".
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EL DILEMA DE CHRISTLIEB IBARROLA CUATRO CARTAS A GUSTAVO DIAZ ORDAZ
Autor: Alonso Lujambio
¿Cuándo se inició la eternamente inacabada transición a la democracia en México? Frente a la pregunta quizá más compleja que enfrentan los estudiosos de la sociedad y la política mexicanas de la segunda mitad del siglo xx, se han ofrecido dos tipos de respuesta. Unos, los más, analizan el cambio social y el creciente desajuste entre las formas de ejercer el poder y la sociedad que se gobierna: identifican 1968 y su movimiento estudiantil como un claro punto de discontinuidad. Otros, los menos, acentúan la importancia de individuos e instituciones en la explicación del cambio: identifican en la reforma electoral de 1963 un punto inequívoco de partida. Los dos enfoques no son de ningún modo excluyentes. Más aún, la Reforma Política de 1977 representó sin duda una confluencia: fue un cambio institucional montado sobre la reforma de 1963 para incorporar intereses políticos excluidos que desde 1968 venían actuando sin orden ni concierto en el sistema político.
El 6 de diciembre de 1994 se cumplen 25 años de la muerte de un hombre clave para entender la reforma de 1963, su significado y sus consecuencias: Adolfo Christlieb Ibarrola. Christlieb -un personaje desconocido para muchos historiadores, estudiosos de la política y hasta miembros de su propio partido- murió convencido del fracaso de la reforma que él impulsó y de su estrategia política como presidente del Partido Acción Nacional entre 1962 y 1968. Christlieb equivocó su juicio. Este ensayo quiere ser una reflexión sobre su obra política y su legado. Sirva también como un homenaje póstumo.
ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

La pastorela electoral
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Acción Nacional enfrentó desde su nacimiento un dilema de enorme complejidad: participar en elecciones en un sistema de partidos no competitivo, por donde resultaba difícil avanzar -y donde, para colmo esta participación contribuía a legitimar el sistema existente- o renunciar a la vida institucional para concentrar esfuerzos en la difusión doctrinaria y en la formación cívica de los ciudadanos. Desde el primer documento oficial del partido, el Informe a la Asamblea Constituyente del 14 de septiembre de 1939, Manuel Gómez Morin dibujaba el complejo escenario:
Dos caminos se abren, pues, desde su iniciación, ante Acción Nacional: uno, el de intervenir desde luego en la vida política no sólo en cuanto se refiere a una posición doctrinal o programática, sino como participación en la lucha electoral concreta que, dado nuestro sistema constitucional, es la ocasión indicada para poner término a un régimen con el que se está en desacuerdo; otro, el de abstenerse, el de no tomar parte en la lucha electoral y concentrar el esfuerzo en la actividad de programa y de doctrina, no limitándolo por supuesto a un trabajo de academia, sino dándole desde luego la orientación y el carácter de actividad política decidida; pero sin intervenir como grupo en la campaña electoral.
Desde entonces, Acción Nacional rechazó la violencia como medio para conquistar sus fines. En el mismo documento, Gómez Morin rechazaba la idea de buscar "un éxito inmediato", la percepción de que estaba a la vista "un triunfo próximo". Enfatizaba los riesgos de la "desesperación subversiva" y subrayaba que el éxito, la "primera y radical victoria" del partido, sería 1a rehabilitación moral de la política". Pero el dilema de participar o no seguía ahí. Ningún partido político en una democracia discute en sus convenciones si participa o no en elecciones. El PAN lo hizo durante décadas: en cada convención se decidía si el partido competía o se abstenía de participar en los comicios. A lo largo de los años cuarenta, las convenciones de 1943, 1946 y 1949 se inclinaron cada vez más por participar y menos por abstenerse. Ganan los participacionistas con el 61%, 89% y 92%, respectivamente. Después de una década de creciente participación, el PAN postula en 1952 candidatos a diputado en el 80% de los distritos electorales del país, al tiempo que participa por primera vez en elecciones presidenciales con la candidatura de uno de sus principales fundadores: Efraín González Luna.
Los resultados de la estrategia no despertaron un entusiasmo mayúsculo. En las elecciones de 1943, ninguno de los 21 candidatos a diputados obtiene el triunfo. En 1946, el partido participa en 64 distritos (37% del total): sólo a cuatro candidatos se les reconoce el triunfo. Durante todos estos años, Acción Nacional se queja de fraude y reclama victorias, varias de ellas documentadas, sin éxito alguno. En el frente municipal, el balance arrojaba igualmente magros resultados: Quiroga, Michoacán, es el primer municipio en que se reconoce un triunfo panista, en 1946; siguieron El Grullo, Jalisco, en 1948; Santa Clara, Durango, en 1950, y nuevamente Quiroga, en 1950, junto con Tzintzuntzan. En 1952, año en que las energías del panismo se concentran sobre la arena electoral, se participa en el 88% de los distritos, y se consigue el reconocimiento de cinco victorias. En ese año se celebran concurrentemente elecciones municipales en varios estados, reconociéndose la victoria del PAN en seis municipios: uno en Jalisco y cinco en Oaxaca. A González Luna se le reconocen 285 mil votos, 7.8% de la votación total.
Las quejas de fraude no cejaban... las críticas en el interior del partido tampoco. Una de las voces más críticas de la estrategia participacionista provenía de un joven abogado de 32 años, que había trabajado como pasante en el despacho de Roberto Cossío y Cossío (secretario general de Acción Nacional durante la presidencia de Gómez Morín, 1939-1949) y colaborador esporádicamente en La Nación, sin ser militante activo del PAN: Adolfo Christlieb Ibarrola.
Escribía Christlieb en noviembre de 1951, con estilo mordaz:
La oposición ha manifestado hasta la saciedad su inconformidad con la pastorela electoral. No es posible que haya elecciones [ ... 1 con el sistema electoral vigente, que deja en manos del régimen el reparto de papeles y la dirección artística de la farsa. [ ... ] Si [la oposición] quiere seguir la enseñanza, debe cambiar de método. Es ¡lógico y absurdo que por una parte se afirme que las elecciones, por cuestión de sistema, no pueden realizarse limpiamente, y por otra se respalde el sistema mediante la concurrencia a la elección y mediante la aceptación de tres o cuatro curules que sirven de justificante a la democracia de exportación. Mientras no se modifiquen los sistemas electorales a fondo, con limpieza, la oposición debe abstenerse de jugar a las elecciones. Ganará las elecciones si no participa en ellas, pues la farsa caerá por su peso. [ ... 1 Si los sistemas electorales no cambian, debe propugnarse por un abstencionismo electoral [ ... 1. Mientras la oposición auténtica se preste a ser Diablo de pastorela, la farsa seguirá igual. [De lo contrario,] el pueblo, no obstante los argumentos heroicos de quienes pugnan por la participación electoral, le volverá [a la oposición] la espalda sonriendo socarronamente, mientras cultiva el mal pensamiento de que por vanidad de ser Diablo, por la merienda y el itacate, o en espera de caerle bien a la tía en el futuro próximo o remoto, la oposición acepta que le Pisen el cogote. Aunque mueva la cola y haga bombitas de saliva.
Es obvio que Christlieb intentaba influir en los miembros de la Convención, que se reuniría a principios de 1952. Es claro, por lo comentado anteriormente, que no tuvo éxito. El PAN participó con más energia que nunca, y la queja de fraude continuó.
Para las elecciones legislativas de 1955, el PAN decide participar nuevamente, esta vez en sólo el 50% de los distritos electorales, tal vez por el hecho de ser intermedias y generar poco entusiasmo frente a la ciudadanía. En esas elecciones, Acción Nacional obtuvo 567 mil votos, casi 100% más que en 1952, y con casi la mitad de los candidatos. Había habido un avance, sin embargo, los triunfos reconocidos no aumentaron sustancialmente: sólo seis diputados panistas llegaron a la Legislatura de 1955.
En el ámbito municipal, al PAN se le habían reconocido cinco victorias hasta 1950. Entre 1950 y 1958, se le reconocieron once victorias municipales: ocho en Oaxaca y una en Chiapas, Jalisco y Chihuahua. No era mucho, pero se percibía un avance. Por otro lado, la experiencia de 1955 hace llegar al PAN con optimismo a las elecciones presidenciales y legislativas de 1958. La elección del candidato presidencial evidencia ese estado de ánimo, al tiempo que revela más agresividad en la estrategia electoral y participacionista. La Convención elige a un joven que se había venido destacando en la vida político-electoral del norte del país, como candidato a la presidencia municipal de Ciudad Juárez en 1953, y en 1956, como candidato a gobernador del estado de Chihuahua: Luis H. Álvarez. Nuevamente, participaron candidatos a la Cámara Baja en el 80% de los distritos electorales.
El ambiente pre-electoral resulta escandaloso. El equipo de campaña presidencial enfrenta agresiones constantes. El candidato Luis H. Alvarez recibe amenazas de muerte y sufre atentados contra su vida. Rafael Preciado Hernández, comisionado del PAN ante la Comisión Federal Electoral, propone una serie de medidas (mecanismos para garantizar la designación imparcial de funcionarios de casilla, mecanismos para impedir el voto sin credencial, o con credenciales ajenas o falsas, etc.) y exige que la Secretaría de Gobernación investigue los atentados contra Álvarez. La Comisión rechaza las propuestas. Preciado Hernández renuncia a la Comisión antes de las elecciones. Llega el día de los comicios y La Nación los califica desde su portada como: "Gigantesca maniobra del gobierno." La lista de agravios resulta interminable: electores con varias credenciales agotando en unas cuantas horas las boletas disponibles en varias casillas, brigadas de "turistas" (así llamaban entonces a lo que después fueron los "carruseles") votando de casilla en casilla, repartición de credenciales de elector el día de la elección, clausura de casillas sin previo aviso y apertura de otras en lugares inhóspitos (hoy "ratón loco"), casillas donde vota quien quiere, sin credencial y sin padrón, expulsión de representantes de casilla, propaganda el día de la elección ... y un largo etcétera. Finalmente, brigadas de choque de la CROC salen a las calles de Guadalajara y la ciudad de México para atemorizar e inhibir la movilización anti-fraude.
Al PAN se le reconocen 750 mil votos (9.4% de la votación total), sólo 35% más que en la anterior elección federal, con un atractivo candidato presidencial y casi el doble de candidatos a diputados. Acción Nacional no acepta el resultado y decide luchar "denodadamente" por defender cada uno de sus votos, sin incurrir en actos de violencia y como demostración de repudio a lo sucedido, exige a sus sólo seis candidatos a diputados oficialmente triunfadores que renuncien a sus escaños.
Christlieb, partidario de la no participación electoral, apoya enérgicamente la decisión del Consejo Nacional del PAN en julio de 1958:
Sería ¡lógico y absurdo que Acción Nacional por una parte afirmara que no sólo por razones de sistema, sino por falta de honestidad política del régimen, no pudieron realizarse limpiamente las elecciones, y por otra parte respaldara el fraude mediante la aceptación de unas cuantas curules (algunas menos claramente obtenidas que otras muchas que no se reconocen). [ ... 1 Por ello, por la lealtad que deben a un partido del cual aceptaron la postulación y por mínima honradez, los diputados de Acción Nacional no concurren a la Cámara. [ ... 1 Las amenazas, las zalamerías y los argumentos de conciencia han sido puestos en juego para obtener que los diputados de oposición legalicen con su presencia en la Cámara todo el proceso electoral fraguado por el régimen [ ... 1. Les preocupa la los fariseos de la democracia"] que un diputado no asista a la Cámara y no les preocupa que todo el sistema representativo se funde en el fraude y la mentira; les preocupa que Acción Nacional no asista al Congreso y no les preocupa haber convertido a las Cámaras en simples camarillas de compadres [ ... ]. [Hay] causas justísimas y gravísimas para abstenerse de integrar un Congreso espurio [ ... 1. Acción Nacional no vende su primogenitura temporal y moral en la política mexicana por el mísero plato de lentejas de unas dietas congresionales.
Cuatro de los seis diputados panistas se niegan a renunciar a sus curules y son expulsados del partido. Las relaciones institucionales con el gobierno prácticamente se suspenden: con el retiro del comisionado Preciado Hernández y de los diputados del partido de la Cámara de Diputados, el PAN, lejos de participar en la vida institucional, la boicotea.
Agosto de 1959 ofrecería nuevos argumentos a los enemigos de la participación electoral en el interior de Acción Nacional: en Baja California, concluido el gobierno de Braulio Maldonado -un hito de corrupción y abuso en la historia pos-revolucionaria mexicana- el electorado vuelca su apoyo a Salvador Rosas Magallón, abogado litigante, candidato panista a la gubernatura del estado. Campea el fraude y, después de meses de movilización, la represión. Ochocientos panistas terminan su lucha postelectoral en las cárceles del estado. La conclusión parecía evidente, la estrategia de participación no pagaba, la contabilidad política panista sólo registraba costos.
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Otoño 1994

A la democracia por la ley
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En la década de los cincuenta, Christlieb pensó que la no participación electoral de la oposición obligaría al régimen "a cambiar sistemas". En noviembre de 1962, cuando llega a la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional de Acción Nacional, instrumentará la más agresiva etapa de participación electoral desde la fundación del partido. Sin haber llegado el PAN a abstenerse de participar, ¿qué motivó a Christlieb a instrumentar semejante estrategia? es la pregunta más compleja para quien intenta comprender su vida política. Antes de adelantar alguna hipótesis, conviene aclarar las razones que llevan a Christlieb a ocupar la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional.
Hasta finales de los años cincuenta, Christlieb dedica su tiempo a atender su despacho, da clases de Derecho Constitucional en la Universidad Nacional, escribe en varios periódicos, colabora en La Nación y dicta esporádicamente conferencias en las instalaciones del PAN en avenida Juárez. Christlieb había mantenido una relación personal muy estrecha con Gómez Morín, apoyando y asesorando algunas de sus tareas, pero no había sido propiamente un hombre de partido ni ocupado cargos en el mismo. Tres circunstancias parecen determinar su repentino ascenso a la presidencia del PAN.
La primera es de orden ideológico. Las presidencias de Alfonso Ituarte Servín (1956-59) y particularmente la de José González Torres (1959-62) habían significado un acercamiento -indeseable para muchos panistas, incluido Gómez Morín- a grupos políticos de militancia católica. Ituarte Servín había presidido la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) de 1953 a 1956. González Torres había sido presidente internacional de Pax Romana, secretario general de la Unión Nacional de Padres de Familia, presidente de la ACJM (1944-49) y presidente de Acción Católica (1949-52). Gómez Morín no veía con simpatía la afinidad de esos líderes con personas y grupos con posturas sobre la libertad religiosa muy apartadas de las suyas. Christlieb, un católico con ideas mucho más cercanas al liberalismo de Gómez Morín, criticaba la dificultad de Ituarte Servín v sobre todo de González Torres para distinguir entre la actividad política y la religiosa. Utilizaba argumentos filosóficos, históricos y jurídicoconstitucionales para criticar a quienes veían en la actividad política un medio para conquistar la salvación del alma. Christlieb detectaba imprudencia, insensatez y no poca intolerancia entre quienes formaban lo que él bautizó como "el grupo de los piadosos", Meadores de agua bendita". Así, Manuel Gómez Morín y otros influyentes líderes de Acción Nacional entre ellos Rafael Preciado Hernández- apoyan en la XVI Convención la candidatura de Christlieb para detener dentro del partido un creciente acento político cuasi-confesional.
La segunda razón es estrictamente generacional. A casi 25 años de fundado, Acción Nacional enfrentaba en 1962 un reto institucional de extraordinaria importancia: la renovación de sus cuadros dirigentes. Rafael Preciado Hernández -líder panista y profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Nacional- se inscribe en la lista de oradores para apoyar la candidatura de Chrisflieb y argumenta: "Tuve la honra de contarlo entre mis discípulos. Qué satisfacción la de experimentar que los discípulos superen a sus maestros! [...1 Los fundadores del partido sentimos que ya es necesario un relevo de hombres que, siendo fieles a la substancia permanente del partido, puedan atraer nuevos elementos." Christlieb ofrecía una oportunidad para un cambio sin ruptura y la inyección de sangre joven a la dirección del partido.
En tercer lugar, pero no menos importante, fue la breve experiencia de Christlieb como comisionado de su partido ante la Comisión Federal Electoral durante las elecciones legislativas intermedias de 1961. Minuciosísimo argumentador, experto constitucionalista, Christlieb evidencia habilidades políticas que le dan gran notoriedad en el interior del partido. Otros oradores argumentan también en defensa de su candidatura: subrayan la "calidad intelectual" de Christlieb, su "bien ganado prestigio", su "decisión, capacidad y osadía". Esta experiencia ante la Comisión Federal Electoral resultaría determinante para el cambio radical de posición que Christlieb imprime respecto a la participación electoral de Acción Nacional.
En carta fechada el 28 de octubre de 1960, y dirigida al secretario de Gobernación y presidente de la Comisión Federal Electoral, Gustavo Díaz Ordaz, la dirigencia de Acción Nacional anuncia el nombramiento de Christlieb como nuevo representante del partido ante la Comisión. El PAN se decide por un brillante abogado de 41 años, crítico de la participación electoral, para que colaborara en los trabajos colegiados de preparación y administración del proceso electoral de 1961. Vale especular que el juicio de Christlieb posterior a la elección sería definitivo en la definición de la estrategia a seguir. Sin diputados en el Congreso, la relación institucional entre el partido y el gobierno la establecería Christlieb desde la Comisión Federal Electoral.
1961 era año de elecciones intermedias, las cuales generaban -y siguen haciéndolo- poco entusiasmo entre la ciudadanía. El PAN vuelve a reducir su participación en la competencia congresional: sólo presenta candidatos en la mitad de los distritos electorales. La votación del partido desciende a 518 mil votos (7.5% del voto total), cifra inferior a la alcanzada en las elecciones intermedias de 1955. La Nación reporta las irregularidades de la elección, pero llama la atención la baja intensidad de la queja, comparada con el escándalo de 1958. En las sesiones de la Comisión, Chrisflieb defiende cada voto, negocia, discute, humoriza, ridiculiza. En la última sesión de la Comisión, justo antes de la iniciación de los trabajos del Colegio Electoral, pronuncia un discurso a la postre decisivo en la evolución del sistema político mexicano. Ahí se enlistan una por una las irregularidades del proceso electoral, se atribuye el gran abstencionismo al fraude de 1958, se pone acento en los problemas de la lista de electores y se reconoce la oferta gubernamental de crear un padrón permanente vigilado por todos los partidos.
Es indispensable que se realice una reforma electoral que permita la justa representación en el gobierno de las distintas corrientes políticas nacionales [ ... 1. Independientemente del resultado final en la integración del próximo Congreso, es oportuno exhortar al gobierno a reformar los sistemas electorales [ ... 1. La reforma debe tender a la eliminación de prácticas negativas, que en ocasiones tienen ya un carácter atávico. [...1 Debemos evitar ahondar nuestras discrepancias [ ... 1. Una de las formas más eficaces para fomentar el sentimiento real de convivencia consistiría en la ruptura sincera del monopolio político [ ... 1. En esta ocasión, Acción Nacional, que desde su fundación se ha esforzado sinceramente por el mejoramiento político y social de México, por mi conducto reitera su buena disposición para participar, sin mengua de sus principios, en todas aquellas actividades encaminadas a la unidad y mejoramiento del pueblo mexicano.
El mensaje era claro: Christlieb condicionaba la continuidad de la participación electoral del PAN a la aprobación de una "verdadera reforma electoral", abogando por una mayor presencia e influencia de su partido en la vida legislativa del país y el reconocimiento de sus victorias en todos los niveles. "Deseamos participar legítimamente en las decisiones del poder", "deseamos integrarnos en las responsabilidades del poder" dirá, apoyando decididamente la reforma electoral aprobada por el Congreso el 28 de diciembre de 1963. En la historia electoral mexicana, dicha reforma se considera el primer paso adelante, después de la enorme centralización de las tareas electorales que supuso la reforma de 1946. Para diciembre de 1963, ya ha sido nominado candidato presidencial del PRI Díaz Ordaz, con quien Christlieb mantenía una relación personal seca, exigente, pero cordial, desde su experiencia como comisionado panista ante la Comisión Federal Electoral. Desde la secretaría de Gobernación, Díaz Ordaz diseñó la reforma que posibilitaba lo que Christlieb había demandado desde la Comisión en 1961: la representación de las minorías en el poder legislativo. Con las nuevas reglas, al partido minoritario que obtuviera como mínimo el 2.5% de la votación le corresponderían cinco "diputados de partido", y uno adicional por cada medio punto porcentual encima del umbral. El tope de la representación proporcional para cada partido minoritario serían 20 "diputados de partido". Los diputados de partido serían aquellos que, habiendo perdido en su distrito electoral, se constituyeran como los "mejores perdedores", es decir, los de mayor votación minoritaria. El cambio no era despreciable: se abrían espacios institucionales para la negociación y el diálogo. La reforma introducía elementos totalmente novedosos. Sus alcances eran aún inciertos, pero el optimismo generado estaba justificado.
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Por una República liberal
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Christlieb no creía en la posibilidad de un cambio espectacular. No pensaba en la toma del poder nacional, mucho menos en su asalto. Pensaba en compartirlo: apostó al fortalecimiento de la presencia del PAN en los frentes institucionales que su fuerza y presencia políticas le permitían: el Congreso y la vida municipal. Veía en la reforma de 1963 una oportunidad para "la reivindicación de las funciones que ha dimitido el Congreso". "Acción Nacional buscará que el Congreso de México reasuma sus funciones de poder", decía. Hasta antes de la reforma de 1963, el Congreso mexicano recordaba a las cámaras soviéticas, monopolizadas por un partido. La reforma de 1963 abría las puertas a la pluralidad y, pensando con optimismo, al cambio. Decía Christlieb: "Ya es hora de que el Congreso deje de ser una oficina de correspondencia por donde el Presidente remite al país las leyes que a su juicio deben expedirse. Ya es hora de que el Congreso deje de ser la voz y la orquesta donde la nota que domina, bajo la batuta del Ejecutivo, es la del sí, señor."
El otro ámbito institucional donde Chistlieb demandaba "una ruptura sincera del monopolio político" era el del federalismo. La vocación federalista y municipalista de Acción Nacional orientaba la estrategia a seguir. Después del primer gran fraude contra el PAN, en el municipio de León, 1945 (que incluyó la matanza de más de cuarenta personas), y del reconocimiento de los primeros triunfos locales en 1946, Gómez Morín dedica al municipio prácticamente todo su discurso en la V Convención Nacional de 1947. Para el fundador del PAN, en el municipio sólo se encontraba "abandono, mugre material y moral", mientras señalaba la importancia de participar en elecciones municipales: "El Municipio es el punto en que opera la intersección trascendental entre la vida privada y la pública: es todavía el hogar, pero es ya la Patria." Las elecciones municipales ofrecían la oportunidad de organizar al partido desde abajo, y con ello convertirse poco a poco en opción nacional, como lo advertía Gómez Morín: "El camino de la organización municipal es un duro y esforzado camino hacia el poder." Christlieb recuperó esa herencia y la incorporó a su estrategia: luchar por la democracia en los estados, no sólo implica combatir indeseables tendencias centralistas dentro de nuestro régimen de gobierno. Promover la democracia local y municipal es consecuencia de una convicción esencial de orden político: la convicción democrática". Y más claramente aún: La democracia es una, de abajo hacia arriba, de pueblo a gobierno, no a la inversa; pero facilitar y promover las condiciones propias para su realización en la vida local y municipal es asegurar su vigencia a escala nacional."
Christlieb pensaba que el avance sería impensable sin diálogo con el gobierno. Como diputado federal y líder de la fracción parlamentaria del PAN en la primera legislatura plural (1964-67), Christlieb ocupaba una posición institucional privilegiada para llevar a nuevos terrenos el diálogo que ya había iniciado en otra parte: su relación personal con el presidente Díaz Ordaz desde la Comisión Federal Electoral y con Alfonso Martínez Domínguez -líder de la mayoría priísta en la legislatura 1964-67 y comisionado del PRI en la misma Comisión en la etapa que participó Christlieb- justificaba su optimismo sobre los posibles alcances de la apertura. Él buscaba una nueva época, un diálogo "sin rencores ni amarguras". "El desprecio y la incomprensión de una y de otra partes, sólo podrán engendrar odios", decía en el Colegio Electoral de 1964. "Las soluciones mejores habrán de surgir del diálogo sobre los problemas nacionales, diálogo al que la oposición siempre ha estado dispuesta, casi siempre sin encontrar eco." Dispuesto a dialogar, Christfieb sin embargo reclamaba reciprocidad: "Para que la oposición pueda ser constructiva, es indispensable el diálogo. Pero todo diálogo supone un intercambio eficaz de opiniones [ ... ]. Es nuestro deseo que este diálogo se entable sobre bases de razón y de respeto."
Fueron para Christlieb años de actividad febril. Fino argumentador, hombre de carácter fortísimo, inflexible en su exigencia con los demás, perfeccionista que no sabe delegar: es a la vez presidente de su partido, líder de la fracción parlamentaria y activísimo organizador. Sin aspirar al Panteón de su partido, Christlieb no se quiere Titán, sino hormiga, pero su personalidad y carácter lo convierten en una hormiga titánica. Su archivo de recortes periodísticos contiene notas de prensa de toda la República: pendiente del detalle organizacional, viaja constantemente por todo el país sin las restricciones del calendario electoral como mapa político.
La estrategia de diálogo comienza con el reconocimiento explícito por parte del PAN de su derrota en las elecciones presidenciales de 1964, donde le fueron reconocidos más de un millón de votos en la pista congresional, casi el doble en relación a las elecciones intermedias de 1961, habiendo presentado candidatos en el 97% de los distritos electorales. Con el 11.5% de la votación, el PAN conquistó dos diputados de mayoría y 18 "de partido", con lo que alcanzó el tope de 20 que la ley prescribía. La actividad legislativa de la bancada panista resultó extraordinaria. Se presentaron iniciativas de reforma en materia educativa, a la Ley Federal del Trabajo, a la Ley de Amparo, a la Ley General de Bienes Nacionales, al Código Penal, al Reglamento del Congreso y, por supuesto, a la Ley Electoral. Varias iniciativas se "congelaron", otras las presentó el PRI como propias y algunas lograron pasar. La novedad de un Congreso plural lleva a la prensa a poner más atención en el poder legislativo. La participación del grupo parlamentario panista es ventilada y conquista mayor visibilidad y presencia públicas. El optimismo con que Acción Nacional percibe los resultados de la estrategia de Christlieb se refleja en su reelección como presidente del Comité Ejecutivo para un trienio más el 6 de febrero de 1966, cuando se le reconoce "abrir caminos" al partido, "sin indignidad ni transacciones". Al tomar la palabra, Chrístlieb habla del "decoro" de sus relaciones con el presidente Díaz Ordaz, reconoce que se le escucha, que no se le ha coartado la posibilidad de exponer sus puntos de vista. Describe la forma en que fueron aprobadas algunas iniciativas panistas en la Cámara, pero también subraya que muchas -las de mayor trascendencia política para México"- se mantienen sin dictaminar. Se mantiene optimista, reconociendo riesgos en su estrategia; a casi un año de iniciado el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz dirá: "Yo no he creado la actual situación política. Las nuevas perspectivas, la actitud misma del gobierno, se deben al trabajo de muchos hombres y mujeres que en 26 años [han luchado] por lograr una evolución política en México. Debemos aprovecharla con todos sus riesgos." Christlieb no especifica de qué riesgos habla, pero ya para entonces se observan signos de ambigüedad en la conducta gubernamental.
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Otoño 1994

Mensajes cruzados
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Un aspecto central tenía que ver con la nueva legislación electoral, y con su aplicación. Por un lado, quedaban demasiados resquicios por donde se podía seguir colando la irregularidad y el abuso. Por otro, la Comisión Federal Electoral violó arbitrariamente las listas de "mejores perdedores" panistas en la competencia por diputaciones en las elecciones de 1964. Cuatro candidatos que debieron entrar a la Cámara no lo hicieron y fueron sustituidos por otros, sin explicación alguna. Por otro lado, el PPS y el PARM, pequeños partidos aliados con el gobierno, no obtuvieron el mínimo indispensable de 2.5% de la votación para obtener representación, y sin embargo les fueron asignados "diputados de partido" con el pretexto de que no se atendía la letra de la ley, sino su espíritu. El argumento enfureció a Christlieb. Surgían aquí y allá razones para desconfiar. Otro ejemplo: de la correspondencia de Christlieb se infiere que el líder de la mayoría priísta en la Cámara de Diputados, el secretario de Gobernación y el presidente de la República se turnan asuntos a tratar con Christlieb, triangulación que no hace sino marearlo, y enfurecerlo. ¿Era la confusión resultado de una experiencia enteramente nueva? ¿Producto del presidencialismo omnímodo, que lleva a otros a no hacer nada sin la venia presidencial? ¿O era una confusión planeada, producto de la mala fe? Otro ejemplo: en el primer trienio del gobierno de Díaz Ordaz, sólo en tres municipios se reconocen triunfos panistas (Villa Aldama y Santa Bárbara, en Chihuahua, y Suchintepec, en Oaxaca).
Christlieb no ceja. Su apuesta por el diálogo se sostiene. Esta carta, fechada el 13 de diciembre de 1966, revela con gran nitidez el estado de sus relaciones con el presidente Díaz Ordaz:
Sr. Lic. Gustavo Díaz Ordaz
Presidente de la República
P r e s e n t e.
Respetable Señor Presidente:
Nuevamente, contra mi deseo de no distraer su atención, tengo que dirigirme a usted:
1. No encuentro quien se sienta facultado para tomar la responsabilidad de resolver los asuntos legislativos iniciados por mi partido, que están pendientes. El resultado está a la vista: unas cuestiones son tan interesantes que hay que seguirlas estudiando indefinidamente, ya que más de dos años no han sido suficientes para ello; otras serán apaleadas durante la balumba legislativa de diciembre, sin pena ni gloria.
2. El secretario de Gobernación manifestó que se respetarían los triunfos municipales de Acción Nacional. Resultado:
a) En tres pequeños municipios del Estado de México ganados por el PAN, con votos y documentación, la elección se notificó por maniobras directas del Gobernador a través de la Comisión Estatal Electoral que "investigó las presiones del PAN sobre los electores" (sic). Los diputados Martínez Domínguez y Legaspi conocen la realidad de las mayorías del PAN en estos casos.
b) El Congreso Local de Nuevo León pretende nulificar las elecciones de los municipios de Garza García y Abasolo, ganadas por el PAN.
Si se prolonga por un poco tiempo este clima "pírrico" de convivencia, temo que no sobreviva nadie que pueda disentir sobre los alcances de nuestro desarrollo democrático.
Me he permitido molestarlo no sólo por los hechos en sí mismos, sino por los síntomas que representan.
Reitero a usted las seguridades de mi atenta consideración.
Lic. Adolfo Christlieb Ibarrola

Christlieb no sólo percibe estos hechos como preocupantes, sino también como "síntomas" de un diálogo desleal. Finalmente, sus gestiones prosperan, pero el resultado es ambiguo: se reconocen los triunfos panistas en Garza García y Abasolo, pero los municipios mexiquenses ni pío. ¿Qué hacer? ¿Romper el diálogo? ¿Continuarlo bajo otras bases? ¿Seguir en el estira y el afloje? El nerviosismo de Christlieb va en aumento; sus cálculos renales también.
Pero las elecciones intermedias de 1967 serían la prueba de fuego de su estrategia, apostando a elecciones limpias y triunfos de mayoría. Para él los "diputados de partido" eran una compensación que no debía llevar al conformismo. Buscaremos las mayorías en los distritos y en el Congreso porque pretendemos tomar decisiones de poder y no solamente emitir opiniones de minoría para que queden consignadas en el Diario de los Debates." Por primera vez en una elección intermedia, el PAN no reduce su participación, esta vez incluso la incrementa presentando candidatos en el 99% de los distritos electorales. La apuesta era ganar mayorías, dado que el sistema posibilitaba que, de no ganarlas, de una u otra forma todos los votos obtenidos se sumarían a un porcentaje agregado a partir del cual se asignarían "diputados de partido Pero Christlieb quería en cualquier escenario elecciones limpias en condiciones de igualdad, y siguiendo con su estrategia de diálogo, negociará algunos términos de la elección... y el acuerdo se viola. Esta carta, fechada el 27 de junio de 1967, cinco días antes de la elección, refleja claramente que la relación Christlieb-Díaz Ordaz, ya se encuentra al borde de la ruptura:
Sr. Lic. Gustavo Díaz Ordaz
Presidente de la República
P r e s e n t e.
Respetable señor Presidente:
A petición del PRI y con la intervención indebida del secretario de Gobernación, a partir del lunes 26 todas las estaciones de radio y televisión del país iniciaron en forma gratuita una campaña de publicidad política transmitiendo en forma intensiva la frase EL 2 DE JULIO PRI.
Desde el 23 de junio protesté ante el secretario de Gobernación por esta circunstancia, en virtud de que personalmente me había dado su palabra de que no habría propaganda política por radio y televisión en estas elecciones.
De las presiones que realizó fui informado por diversas personas del medio, inclusive simpatizantes del PRI que encontraron fuera de lugar las presiones del PRI apoyadas por Gobernación.
Más que el hecho en sí mismo, me duelen la arbitrariedad y el engaño, la presión sobre los medios de difusión y la parcialidad del funcionario que más imparcial debiera ser respecto a las próximas elecciones.
Confiando en la palabra dada, ni destinamos recursos ni hicimos gestiones oportunas para ese tipo de propaganda.
Usted sabe, señor Presidente, mi interés para que la política en México tenga nuevos perfiles de trato entre los mexicanos de distintos partidos y entre la oposición y el Gobierno.
Sin embargo, este hecho, junto con otros de diversos tipos sucedidos anteriormente en análogas condiciones de palabra no cumplida, me coloca en una situación muy difícil frente a quienes no consideran que estoy en lo justo cuando afirmo que es posible que la oposición trate con el Gobierno sobre un mínimo común de valores humanos, entre los que no está excluido la lealtad del adversario.
Me siento profundamente dolido por un trato que no creo merecer.
Lamento manifestarle la grave dificultad que, frente a la repetición de circunstancias similares, tengo para creer que el señor secretario de Gobernación entiende la honradez y la decencia con que deseo tratar y ser tratado en materia política.
Ningún avance objetivo ha habido en los procedimientos para estas elecciones, ni durante los tres años transcurridos desde las últimas federales. Ningún avance ha habido en materia de elecciones locales en los mismos tres años. Ni siquiera el padrón electoral y la credencial de elector, sobre la cual omitimos críticas para evitar que los mexicanos sigan acumulando desconfianza respecto al voto, resisten análisis primarios, a pesar del bombo publicitario.
Tengo con mi Partido y conmigo mismo un compromiso para permanecer todavía un año y medio como Presidente del PAN. Ignoro si pueda cumplirlo, no tanto por razones de salud, como por la creciente conciencia de la inutilidad o la ineficacia de mis esfuerzos, en una tarea en que sólo he pretendido servir a México, del que usted y yo, y tantos otros que piensan como usted o como yo, o en distinta forma, formamos parte.
Más amargo que la hostilidad me resultaría tener que admitir, no mi fracaso personal, explicable por mis muchas limitaciones, sino el fracaso de una actitud de concordia libre de componendas, que, sigo y seguiré creyendo -a pesar de las críticas de propios y extraños- es la adecuada para renovar la convivencia política entre los mexicanos.
Con tristeza pero sin amargura -si tuviera que volver a empezar seguiría por el mismo camino- he querido con estas líneas presentar a usted un punto de vista, para no contribuir con mi silencio el que sólo se oiga a quienes están empeñados en presentar como normal y de avances una realidad deformada.
Reitero a usted señor Presidente las seguridades de mi atenta consideración.
Lic. Adolfo Christlieb Ibarrola

Christlieb se aisla políticamente. Por un lado, su estrategia de diálogo no prospera, por otro, se encuentra en una situación crítica frente a los miembros de su partido que, no creyendo en su estrategia, empiezan a tener razón. Esta carta contiene un gran volumen de información, que puede ser analizado bajo distintas perspectivas. Me detendré, en un detalle. Al PAN se le ha caracterizado en un sinúmero de ocasiones como un partido de "oposición leal". Aquí Christlieb habla ciertamente de "lealtad", pero no de la suya, sino de la de la otra parte. Nunca existió en el PAN una lealtad ciega a la conducta del otro. El dilema siempre existió, y con Christlieb se recrudeció: apostar a las instituciones, al cambio institucional, o retirarse "a la formación cívica de las conciencias". El cambio por la vía violenta nunca se contempló. El dilema se agudizaba por la vocación institucional, con abogados de primera línea pensando todo el tiempo en reformar el propio partido. El sanbenito de "oposición leal" le fue colgado al PAN en una época en que para muchos, la violencia era una ruta legítima. Hoy ya no lo es para casi nadie. Para el PAN nunca lo fue. Después de la experiencia de Christlieb, las actitudes anti-participacionistas se fortalecieron, al grado de que en 1976 el PAN no se presentó a la competencia por la presidencia de la República. José López Portillo, candidato del PRI con el apoyo del PPS y el PARM compitió contra su sombra. Se desnudaba el carácter no democrático del régimen pos-revolucionario. No fue un acto de violenta deslealtad al sistema, fue simplemente una omisión.
ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

La ruptura: destinatario vs. remitente
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Las elecciones federales de 1967 arrojaron nuevamente un escenario ambiguo a partir del cual resultaba difícil asumir una actitud definitiva. Con las acostumbradas quejas de fraude, el PAN aumentó ligeramente su votación a un millón 220 mil votos. Le fue reconocido un triunfo de mayoría y se le asignaron, con el 11.3% de la votación, 19 "diputados de partido". Nuevamente se violaron las listas de "mejores perdedores". Uno de ellos era un joven panista muy cercano a Christlieb: Raúl González Schmal. En varios estados se celebraron elecciones municipales concurrentes, de manera que lo que se quitaba por un lado se otorgaba por el otro: se reconocieron triunfos panistas en ocho municipios, todos del estado de Sonora: Cumpas, San Miguel Horcasitas, Cucurpe, San Pedro de la Cueva, Bacoachi, Santa Ana y Opodepe. Por primera vez en la historia posrevolucionaria, se reconocía también la victoria panista en una capital estatal: Hermosillo; y cuatro meses después, la segunda: Mérida, Yucatán.
Concluido el proceso electoral federal, desde el 2 de agosto de 1967 Christlieb pide una audiencia con el presidente Díaz Ordaz, que se le niega. En noviembre y diciembre, nuevas solicitudes son desatendidas: Díaz Ordaz no quiere enfrentar a Christlieb quien, el 17 de enero de 1968 escribe esta carta:
Sr. Lic. Gustavo Díaz Ordaz
Presidente de la República
P r e s e n t e.
Respetable señor Presidente:
Desde hace varios meses he gestionado una audiencia con usted, para tratar algunas cuestiones que juzgo de interés para México.
En el Evangelio de San Lucas se narra la parábola de una viuda que tercamente pedía a un juez que le resolviera un caso, sin ser escuchada. Un día --dice la parábola con el sugestivo lenguaje oriental- el juez pensó: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, por lo que esta viuda me importuna, le haré justicia para que no me esté rompiendo la cabeza." Y la oyó.
En vista de los resultados, me acojo a la técnica de la viuda, para refrendar mi petición de audiencia al iniciarse 1968.
Mientras puedo reiterárselas personalmente, reciba usted, señor Presidente, las seguridades de mi consideración más atenta.
Lic. Adolfo Christlieb Ibarrola

"Aunque usted no me respete, hágame justicia, considerado señor Presidente." La audiencia nunca llegó. El diálogo estaba roto. La estrategia de Christlieb había fracasado.
Las elecciones municipales y legislativas de Baja California, en junio de 1968, simbolizan la ruptura y aumentan la desazón. El PAN reclama con documentos el triunfo en los municipios de Mexicali y Tijuana, y en seis de ocho distritos electorales. El fraude es monumental: sólo se reconoce el triunfo panista en un distrito electoral. Fracasada la propuesta estratégica que había ofrecido a su partido, aislado dentro del mismo, sin interlocución alguna con el gobierno, Christlieb renuncia a la presidencia del PAN el 10 de septiembre de 1968. Pocos días después, festeja su onomástico, para el que no sin cierta desfachatez, el presidente Díaz Ordaz le envía un telegrama de felicitación. Christlieb contesta, con su elegancia y elocuencia de siempre, pero ya no cuida las formas. Era el 28 de septiembre de 1968.
Sr. Lic. Gustavo Díaz Ordaz
Presidente de la República
Palacio Nacional
Con pena devuelvo a usted su telegrama de esta fecha, dirigido al licenciado Adolfo Christlieb Ibarrola, expresándole sus mejores votos por su ventura personal, con motivo de su día onomástico.
Lamentablemente todos los informes recibidos concuerdan en que desde hace tiempo, el destinatario es persona totalmente desconocida para el remitente.
Atentamente,
Lic. Adolfo Christlieb Ibarrola

Tres días después: 2 de octubre de 1968, la matanza de estudiantes en Tlatelolco. El PAN es el único partido que condena desde la tribuna de la Cámara de Diputados la conducta gubernamental. Christlieb había apostado al diálogo con Díaz Ordaz. Creyó que sería el primer presidente comprometido con una auténtica apertura política. Díaz Ordaz acabó siendo el más represor de los presidentes pos-revolucionarios.
Adolfo Christlieb Ibarrola dedica el último año de su vida a componer su crítica situación económica: durante años había descuidado su despacho. Muchos de sus clientes habían desaparecido: unos por descuido, otros por presión gubernamental, otros por miedo a ser presionados. Viaja a Guatemala a dictar conferencias. Escribe profusamente en Excélsior. Su salud empeora. En noviembre de 1969, apenas un año después de la matanza de Tlatelolco el PAN insiste en la ruta electoral. Por primera vez en su historia, el partido puede obtener el triunfo en una gubernatura: Yucatán. Nuevamente fraude; otra vez el ejército toma las calles de Mérida. Dos semanas después, el 6 de diciembre de 1969, Christlieb fallece, víctima de un incontenible cáncer linfático.
A principios de enero de 1970, Alfonso Martínez Domínguez envía un presente a Doña Hilda Morales viuda de Christlieb. Ella devuelve el regalo con una carta, donde lo agradece y explica el motivo de su rechazo.

Selecciono un fragmento de aquella carta:
Conozco la relación de trato político y personal que mi marido tuvo con usted en la XLVI Legislatura, y las posibilidades de avance democrático que Adolfo veía en una apertura de buena fe. Cuando Adolfo renunció a la presidencia de Acción Nacional señaló claramente la falta de buena fe en la otra parte, y declaró que él estaba física y políticamente agotado.
Quiero decir algo que explica mi actitud. De acuerdo con la expresa afirmación de los médicos, la noticia de los acontecimientos de Yucatán el 23 de noviembre impresionó en forma desastrosa a Adolfo, lo deprimió gravemente y apresuró su muerte. Adolfo era un hombre íntegro, de una sola pieza, sin divisiones arbitrarias de criterio ni de moral. Lo que Adolfo defendió en público lo practicó en su vida privada y, a pesar del dolor que me causa su ausencia, me parece digno de su vida que los hechos de Yucatán hayan acelerado su muerte.
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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

Herencia
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Poco antes de morir, Christlieb confiesa a uno de sus colaboradores más cercanos haberse equivocado. Al final de su vida pensó que la reforma de los "diputados de partido" y su estrategia política habían sido un rotundo fracaso. Hombre de elevada moral e inteligencia aguda, muere reconociendo que el suyo ha sido un intento algo heroico, una apuesta poco realista, un salto de fe. El sentimiento de frustración no es extraño, sobre todo por la cercanía de acontecimientos ominosos. En diciembre de 1994 se cumplen 25 años de su muerte. La perspectiva histórica nos conduce a la pregunta básica. ¿Se equivocó Christlieb? La respuesta es no, por varias razones.
El período del liderazgo de Christlieb significó un extraordinario avance en la organización y estructuración de su partido. De su fundación en 1939 a 1962, año en que asume la presidencia del mismo, le son reconocidos al PAN 16 triunfos en el nivel municipal. Durante los seis años de su liderazgo, la línea negociadora de Christlieb logra el reconocimiento de 18 triunfos municipales, incluidas dos capitales estatales. Antes de Christlieb, el PAN postuló a 11 candidatos a gobernador a lo largo de 23 años; Christlieb lo hizo en 10 a lo largo de 6 años. Durante su presidencia, y en las dos elecciones federales legislativas que coordinó, el PAN presentó candidatos en casi la totalidad de los distritos electorales en la pista congresional de la Cámara Baja. Su estrategia de participación contribuyó de manera determinante a lo que los anglosajones llaman machine building, algo imprescindible para todo sistema de partidos en una democracia. Christlieb contribuyó, pues, a crear las bases para la estructuración futura de una democracia con partidos. Hoy, Acción Nacional es el único partido político moderno que existe en México.
Antes de 1962, el PAN logró llevar a la Cámara Baja a 24 diputados, descontados los seis que retiró de la Cámara en 1958. Durante su presidencia, 40 diputados panistas ingresaron a la Cámara, varios de ellos extraordinarios tribunos que dignificaron la vida parlamentaria mexicana. Pero más importante aún fue que la pluralidad que la reforma de 1963 impulsada por Christlieb trajo a la Cámara de Diputados contribuyó de manera determinante en la evolución política de México, algo que suele ignorarse y que conviene revaloremos. Aún en el marco del autoritarismo, la pluralidad de esa Cámara posibilitó el surgimiento de un ámbito institucional para la discusión y el razonamiento. Ahí se han tejido, durante años y años, relaciones personales entre miembros de distintos partidos políticos. Se han hecho explícitas las diferencias; se han creado vínculos entre quienes, desconociéndose, se ignoraron u odiaron. Muchas amistades entre miembros de distintos partidos han nacido en la convivencia continua y difícil de la Cámara de Diputados. Esa convivencia parlamentaria que a ojos de muchos, casi todos, ha parecido inútil, a la postre ha resultado extraordinariamente positiva para México.
Estamos al borde de conquistar en México un acuerdo entre partidos para la democracia. Hubiera sido impensable acercarnos a dicho escenario sin el roce, difícil por naturaleza, amable a veces, perdurable casi siempre, entre los cuadros de los partidos. Con su demanda de representación de minorías y con su decidido apoyo a la reforma que la posibilitó, Christlieb creó instituciones para el cambio que aún difícil, sobresaltado, lento y ambiguo, ha permitido documentar nuestro optimismo.
Después de Christlieb, Acción Nacional ha vivido una evolución compleja y difícil. El conflicto entre católicos conservadores y católicos liberales -todavía muy presente durante su presidencia- tendió a apagarse en la década de los setenta. El corrimiento hacia la izquierda del sexenio del presidente Luis Echeverría (1970-76) y las dificultades para entablar un diálogo fructífero con el gobierno encendieron otros conflictos: el de los conservadores de derecha, incluidos algunos furibundos anticomunistas, contra los moderados de centro con inclinaciones progresistas (llamados "marxistas-jesuíticos" por el ala más derechista del partido); por otro lado, el conflicto entre los participacionistas y los abstencionistas se hizo más agudo que nunca al terminar el gobierno de Echeverría. Estas líneas de conflicto cruzaron al partido desde distintos ángulos. Las coaliciones tenían cierta fluidez: los cuadros de la dirigencia panista vivían realineaciones constantes, dependiendo de la coyuntura y de las líneas de división dominantes. A principios del gobierno de José López Portillo (1976-82), discuten en el partido quienes ven en la Reforma Política de 1977 una oportunidad para el avance y quienes no creen en sus bondades. Los años ochenta abrieron nuevos frentes internos de batalla: al inicio del gobierno de Miguel de la Madrid (1982-88), se enfrentaban los que querían incorporar a la coalición panista a nuevos grupos sociales y quienes preferían mantener al partido desvinculado de compromisos y temían por el debilitamiento de su identidad histórica. El escandaloso fraude electoral de Chihuahua en 1986 fortaleció el perfil anti-sistema del PAN. Después, la escisión de la élite priísta en 1987 y la crisis política de 1988 enfrentó a los que querían abrir líneas de negociación con el neo-cardenismo en contra de los que anteponían la distancia ideológica al logro de objetivos que se presumían comunes. Muy pronto el conflicto se trasladó a otros ámbitos: estaban los que querían trazar puentes de negociación y de diálogo con el gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-94), contra los que querían mantener una postura de oposición impugnadora y sin interlocución.
Difícil y compleja la historia del Partido Acción Nacional. La apuesta estratégica que ha instrumentado desde 1988 recuerda a la de Christlieb en 1962. Por primera vez en la historia pos-revolucionaria, el PRI no cuenta --en la Legislatura 1988-91- con mayoría calificada en la Cámara Baja. Esta vez el PAN fortalece sus capacidades y su fuerza política en el Congreso: puede influir en la conducta gubernamental y puede imponer de alguna forma el reconocimiento de sus victorias en el federalismo, posición de poder e influencia con la que no contó Christlieb. Sin embargo, la estrategia fue la misma, con todos sus riesgos, con momentos de tensión y de relajamiento: más influencia parlamentaria, presencia e influencia crecientes en el federalismo. Nada ha sido fácil; se asumieron riesgos, se cometieron errores, se sufrieron desgajamientos. Son las vicisitudes de un partido que quiere, sin violencia y dialogando, transformar un sistema autoritario de extraordinaria adaptabilidad, con el que hay que convivir porque no se colapsa. Quienes piensan que desde 1988 el PAN marginó su demanda democrática con su "gradualismo" ignoran la mentalidad panista y la fuerza de sus vocaciones. En los últimos años, Acción Nacional ha logrado romper, sin marchar sólo en el esfuerzo, con muchos trabajos y pagando altos costos, las inercias autoritarias del quehacer político mexicano. Christlieb nunca habló de "intransigencia democrática", sino de "terca voluntad"; apostó al diálogo, método que con dificultades empieza a fructificar en la vida política de México. Hombre de intachable moralidad, de convicciones políticas y de preocupaciones sociales, Christlieb defendió una y otra vez una idea que empieza a ser dominante en la vida pública de México, la de que "no existe disyuntiva entre democracia política y democracia social". Ambas concepciones de la democracia, decía, "deben marchar juntas". A 25 años de su muerte, Adolfo Christlieb Ibarrola se suma a la lista, breve pero ejemplar, de los verdaderos caudillos de la democracia del siglo XX mexicano.

Hacia una revisión del concepto, funciones y ámbitos del Partido Político
Maurice Duverger
Grupos de presión: Conceptos generales, métodos operativos y bases sociales. Distinción entre grupo de presión, de interés, " lobbying" y partido político. Recursos de los grupos de presión. Grupos de presión sindicales, grupos de presión empresarios y grupos de presión ecologistas.

Ante la carencia de una teoría general de los partidos, Duverger propone la elaboración de una metodología que comience a dar relevancia a los aspectos estructurales y supraestructurales de dichas organizaciones. Al hacerlo, acepta en parte la división genética del marxismo por cuanto observa que las contradicciones inherentes en los procesos políticos siguen siendo una herramienta útil para el estudio de los partidos. Sin embargo, su trabajo intenta tomar la opción de enfatizar sobre la forma institucional y el accionar que desarrollan los partidos dentro de la estructura del Estado, en tanto criterio que le permita una visión sistemática sobre los tipos y los sistemas de partidos existentes en diversas partes del mundo. A diferencia de las posiciones marxistas y fascistas, que ubican el parámetro clásico de los partidos de clase y antiparlamentarios en esencia, Duverger trata de reivindicar a los partidos-doctrina, que se definen por multiclasistas, plurales y parlamentaristas (D, p.ll). Duverger afirmará que la supuesta correspondencia ideal entre partidos y clases sociales sólo se cumple en las sociedades poco evolucionadas y con estructuras indiferenciadas, condiciones que usualmente tienden al surgimiento de los partidos de masas. Por el contrario, buscar una identificación de clase en sociedades avanzadas sólo traerá una tendencia hacia la conformación de partidos muy disciplinados, pero minoritarios y limitados en su capacidad de voto y potencial de alianzas (D, p.265).

Siguiendo esta preocupación, Duverger nos define que un partido «es una comunidad con una estructura particular» (D, p.ll), cuyo objetivo es «conquistar el poder y ejercerlo» (D, p.15). Aunque luego ajusta dicha definición para decir que: «Un partido no es una comunidad, sino un conjunto de comunidades, una reunión de pequeños grupos diseminados a través del país (secciones, comités, asociaciones locales, etc.), ligados por instituciones coordinadoras» (D, p.46-47). La dinámica organizativa formal, aunque importante, es insuficiente para revelar el comportamiento y el manejo real de dichas estructuras. Duverger asume que los partidos se desenvuelven informalmente, haciendo muchas veces a un lado su propio sistema de reglas interno, pero están siempre atentos a sus cometidos de actuar dentro de los espacios electoral y parlamentario (en su doble connotación de ser medio de representación y gobierno).

Al igual que como lo postulara Panebianco –y en menor grado Sartori–, Duverger reconoce que el momento fundacional de los partidos determina en mucho su posterior evolución y desarrollo. En particular, Duverger identifica dos vías de génesis partidaria:


a) Interna. Esto es, desde los grupos parlamentarios y comités electorales, más presentes en el pasado, cuya orientación va directamente hacia la competición y la conquista de puestos. La subsistencia de dichos grupos y comités sigue determinando en buena medida un núcleo organizativo interno dual de los partidos, ya que sus directivas son primordialmente formadas con los propios parlamentarios. Al mismo tiempo, Duverger indica que dichos partidos surgen cuando no existe un sistema de partidos organizado; b) Externa. Se da más regularmente en la actualidad como producto de la presencia e incursión de organizaciones para-políticas, grupos de interés, nuevos movimientos sociales, etc., mismos que se transforman en partidos para influir dentro del gobierno y/o el parlamento a efecto de hacer prevalecer sus propios intereses (D, p.22), con lo cual se asume la presencia de un sistema de partidos complejo. Sin embargo, la mayor parte de las veces –coincidiendo con Panebianco y Sartori–, Duverger indica que la superposición de dichas estructuras externas en el orden interno de los partidos, hacen que éstos se tornen altamente dependientes, ya que sus directivas son conformadas por líderes que a su vez son dirigentes de otras organizaciones (D, p.16).

Aquí puede verse que Duverger tiene especial interés por los mecanismos de centralización y descentralización al igual que Panebianco, por lo que en ambos autores se configura una necesidad de constituir centros directivos que permitan conciliar los diversos intereses locales e ideológicos que se orientan hacia la retención del poder (D, p.21).

Por desgracia, Duverger deja inconclusa una muy interesante observación con respecto a otra variante de creación externa de los partidos, misma que tiene relación con el Estado –la cual es también advertida por Sartori en su análisis de los partidos únicos. Si bien puede darse la gestación de un partido, dicha organización puede ser proscrita legalmente por diversas causas, lo cual le impide acceder al sistema de competición, con lo cual queda obligado a desenvolverse en la clandestinidad o convertirse en un simple grupo de presión periférico que debe buscar alianzas con algún partido establecido (D, p.25).

Desde luego, este tipo de acciones, más propias –pero no exclusivas– de los regímenes unipartidistas totalitarios y autoritarios, pueden restringir de manera ostensible el correcto funcionamiento de los sistemas de partido e impedir al electorado poder acceder a un real pluralismo competitivo.

Los partidos políticos modernos deben responder a la búsqueda de bienes colectivos, ya que su esencia original les lleva a ser profundamente igualitaristas, anti-elitistas y homogeneizantes (D, p.19). En esto, Duverger y Sartori tienen una diferencia sustantiva con Panebianco quien detecta la evolución de los partidos hacia la posterior búsqueda de bienes selectivos, en donde la eficacia decisional y la institucionalización internas son los factores clave que permiten su mantenimiento y desarrollo no hacia la generalidad, sino hacia la especialización.

Duverger también nos proporciona una radiografía muy reveladora de cómo se estructuran internamente los partidos políticos. En buena medida, la identificación ideológica y el sistema electoral influyen sobre dichos factores. En un primer paso, pueden definirse a los partidos en el nivel de la estructura (ámbito horizontal). Ésta puede ser:

a) Directa (unitaria) en donde no hay nexos o influencias externas o en todo caso tienen una predominancia sobre éstas. Son partidos nacionales, verticales y centralizados (como los partidos comunistas y fascistas). Debido al sistema electoral son más disciplinados a las decisiones internas del partido. Generalmente, se expresan como partidos de masas y de clase.

b) Indirecta (federada). Son partidos que se forman a partir de identidades sociales supraestructurales, como ocurre con los partidos religiosos, étnicos o pluri-clasistas. Muchas veces son partidos regionales horizontales y descentralizados (como los partidos liberales y socialistas). En materia electoral, sus representantes son altamente autónomos frente a las decisiones de la dirección central del partido.

c) Arcaicos o prehistóricos, en donde se dan más bien relaciones y comportamientos de tipo tribal-hereditario u militar-carismático, pero cuya volatilidad hacen imposible su estudio sobre bases regulares. Es decir, son partidos no institucionalizados y por ende, con sistemas de partidos inexistentes.

Un segundo criterio es ubicar a los partidos por sus elementos de base (nivel vertical). En este caso, Duverger ubica los partidos organizados a partir de comités (como los partidos liberal-burgueses), cuya actividad es meramente electoral y su radio de acción está en relación directa con captar votantes en el distrito en disputa.

Son agrupaciones voluntarias, muy descentralizadas y generalmente amplias en el número de sus participantes, pero cerradas en la selección de dirigentes, quienes son los que pueden dedicar tiempo a la política (D, p.52). Igualmente distingue a los partidos que se organizan a partir de secciones (como los partidos socialistas). Dichas estructuras son más permanentes, ya que intentan desarrollar un trabajo constante de reclutamiento, organización de masas y educación política, por lo que su membresía es más estrecha y más delimitada geográficamente; pero los requisitos de acceso son menos rigurosos y existe una preocupación electoral como parte de la misión de sus dirigentes (D, p.53).

Adicionalmente, están los partidos basados en las células (como es el caso de los partidos comunistas), cuya base es enteramente profesional, ya que se conforman usualmente en el lugar de trabajo. Son grupos permanentes y los nexos son más personales y trascienden a las propias reuniones partidarias. Su radio de operación y acceso no son muy amplios, por lo que se enfatiza más en su preparación ideológica y no tanto en la competencia electoral (D, p.63). Por último, Duverger ubica la organización de las bases partidarias dadas a partir del concepto de la milicia (como acontece en los partidos fascistas). En ella prevalece una estructura de masas instrumental que sólo es convocada cuando es necesario. Al contrario de los partidos comunistas, no excluye por completo una conquista del poder vía elecciones como su criterio de llegada, aunque al igual que ellos, su preocupación reside en crear estructuras de mando homogéneas e indiscutidas (D, p.66).

El tercer criterio organizativo general utilizado por Duverger se refiere a los niveles de articulación general los cuales pueden ser fuertes o débiles. Como lo explica el propio Duverger, se refiere a la manera en que opera administrativamente un partido. Esta será débil justo en la medida que sus organismos no sean permanentes (como acontece con el sistema de comités); es fuerte en el caso de partidos estructurados: mediante secciones; y será muy fuerte cuando dichos partidos estén sostenidos en células o milicias (D, p. 77). Gracias a esta distinción, Duverger tiende a identificar los partidos de cuadros especializados de (articulación débil) frente a los partidos de masas (de articulación fuerte).

Ahora bien, Duverger se remite a diferenciar los tipos de enlace (vertical y horizontal) y las formas centralizadas y descentralizadas que definen la distribución del poder) dentro de los partidos. Los partidos comunistas y fascistas tienden a situarse como partidos verticales y centrales, mientras que los partidos socialistas y liberal-burgueses son más horizontales y descentralizados.

Una diferencia sustantiva estriba en los grados de democracia interna de dichos organismos, ya que en los partidos horizontales hay una responsabilidad directa de los dirigentes ante sus agremiados, mientras que en los partidos verticales sólo son responsables ante la instancia superior una vez que la decisión ha sido tomada, sea en línea ascendente o descendente. Sin embargo Duverger menciona que estos mecanismos pueden combinarse, dando como resultado una explicación de cómo los partidos se relacionan exteriormente para captar nuevos miembros, definir alianzas o imponer mandos en las organizaciones para-partidarias y estatales (D, p.79, 81).

Finalmente, Duverger considera incluir otras variables en su tipología organizativa de los partidos. Por un lado, define aspectos como el origen mismo de los partidos (crucial en la idea de Panebianco); el modelo de financiamiento (nivel de cuotas justas y las vías de adquisición de recursos mediante donaciones públicas y/o privadas) y el régimen electoral.

En este último tópico, Duverger indica que la adopción de métodos uninominales o de representación proporcional tienen una notoria influencia sobre el nivel de disciplina y competitividad de los partidos (lo que por mucho tiempo serán conocidas como las «leyes de Duverger»). Esto es, mientras más benévolo sea el acceso a la representación, sin duda se alentará a la formación de nuevos partidos o de que los partidos existentes intenten expandir su influencia, lo cual los llevará a la descentralización (D, p. 89). En su trabajo, Sartori intentará cuestionar y ajustar muchos de los presupuestos de dichas leyes.

Otros criterios empleados por Duverger para ubicar una tipología de partidos se concentran en los problemas de la membresía y la dirección de los mismos. En el primero de los casos, Duverger distingue que los partidos poseen cuatro categorías: electores, simpatizantes, miembros y militantes, mismas que distinguen los niveles de menor a mayor participación. Duverger identifica que los partidos más "institucionalizados» y «especializados» no son aquellos que arriban a una composición cuasi-religiosa, sino aquellos que logran consolidar «círculos interiores de poder» reales.


Ello no obsta para seguir ubicando diferencias sustanciales entre los grandes y pequeños partidos, a partir de comparaciones con indicadores inestables como el número de militantes registrados y los votos obtenidos. Aquí, Sartori es justamente quien logra trascender el problema del tamaño formal como sinónimo de la fortaleza interna de un partido, al colocarse en el criterio de identificar a un partido a partir de su «efectividad», misma que se da mediante el número de posiciones de poder obtenidas. De esta manera, un partido de membresía pequeña puede ser más poderoso que un gran partido debido a situaciones propiciadas por los métodos electorales, o debido a coyunturas específicas que hayan motivado al electorado a votar diferente (D, p.127).

En materia de la selección de dirigentes, Duverger coincide con Panebianco en que los partidos tienden a ubicarse en líneas de congelamiento y conservación; ésto es, son pocos dúctiles a la renovación generacional de las élites, e incluso se tornan cada vez más autocráticos, centralistas y totalitarios (D, p.197 y ss.).

En este sentido, es interesante ubicar que Duverger busque una clara convergencia entre los tipos de partido y las estructuras de Estado, sea hacia formas regresivas o democráticas, y dependiendo desde luego del nivel de desarrollo institucional y eficacia burocrática que estén presentes (D, p.176).

Duverger muestra las notorias diferencias existentes entre los tipos de partidos que presentan dirigencias reales y aparentes, lo que nos lleva a definir los márgenes de la relación gobierno-partido, en donde las líneas de dependencia y predominio variarán en un «continuum» en donde ya sea que el gobierno se imponga al partido u éste controle al primero, a menos que la sobreviviencia del partido tenga que apelar a sus acervos básicos de lealtades personales, disciplina ideológica o de franca depuración de las disidencias (D, p.211).1

Por ello, un partido se caracteriza no sólo por su fuerza cuantitativa formal, sino por sus capacidades de alianza, el número de asientos y de electores que posea, pudiendo hacer cambiar, según el caso, lo que es un partido con vocación mayoritaria (que posee o puede poseer la mayoría parlamentaria), así como a los grandes partidos y los partidos pequeños, que aspiran a convertirse en mayoritarios, por lo que su sobrevivencia depende de las coyunturas y los convenios establecidos con partidos del primer tipo, por cuanto el número de asientos parlamentarios que posean se puede traducir en posiciones efectivas de poder dentro del gobierno (D, p.307-313).

En especial, los partidos pequeños son de gran utilidad en la formación de gobiernos, ya que usualmente desplazan a los grandes partidos para favorecer así a los partidos mayoritarios, con lo cual ejercen lo que Duverger llama una «función de arbitraje» y de coalición. Por su parte, Sartori recuperará dichos atributos en su propia tipología, al definir el potencial de gobierno y las posibilidades de coalición viable que cada partido político pueda desarrollar (S, p.156).

María del Rocío Saro Avalos

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En un ensayo reciente titulado “Where is Political Science Going?”, el politólogo más famoso del mundo, Giovanni Sartori, estableció de manera tajante que la disciplina que él contribuyó a crear y desarrollar, la ciencia política, perdió el rumbo, hoy camina con pies de barro, y al abrazar con rigor los métodos cuantitativos y lógico-deductivos para demostrar hipótesis cada vez más irrelevantes para entender lo político, terminó alejándose del pensamiento y la reflexión, hasta hacer de esta ciencia un elefante blanco gigantesco, repleto de datos, pero sin ideas, ni sustancia, atrapada en saberes inútiles para aproximarse a la complejidad del mundo.

Nadie con más autoridad moral que Sartori podía hacer este balance autocrítico y de apreciable honestidad intelectual sobre la ciencia política. No obstante, las afirmaciones del “viejo sabio” generaron un auténtico revuelo en todas partes. En México, por ejemplo, muchos politólogos se atrevieron a poner en duda con gran desfachatez y desparpajo las afirmaciones del Maestro. En particular, este debate se ventiló en ocasión de la traducción de este admirable artículo en una revista publicada por el CIDE (Política y Gobierno) y que se abroga el mérito de ser la publicación más científica, rigurosa, cuantitativista y especializada en ciencia política del país, partidaria de las corrientes que hoy hegemonizan la disciplina, como la racional choice, la teoría de juegos, la econometría, etcétera, en una mala copia de los journals más serios y reconocidos de Estados Unidos. El hecho es que al traducir y publicar el artículo de Sartori, esta revista, principal promotora en México de la ciencia política que el politólogo italiano critica, queda muy mal parada. De ahí que su reacción inmediata fue descalificar las tesis de Sartori antes que concederle algún mérito para el bien de la propia ciencia política.

Tal parece, a juzgar por este debate, que los politólogos defensores del dato duro y los métodos cuantitativos, introductores y divulgadores en México de los modelos y esquemas supuestamente más científicos de la disciplina, denostadores a ultranza de todo aquello que no soporte la prueba de la empiria y que no pueda ser formalizado o matematizado, prefieren seguir alimentando una ilusión sobre los méritos de la ciencia política antes que iniciar una reflexión seria y autocrítica de la misma, prefieren mantener su estatus en el mundo académico antes que reconocer las debilidades de los saberes producidos con esos criterios, prefieren descalificar visceralmente a Sartori antes que confrontarse con él en un debate de altura.

El hecho es que, a pesar de lo que estos científicos puros quisieran, la ciencia política actual está en crisis. El diagnóstico de Sartori es en ese sentido impecable. La ciencia política hoy, la que estos politólogos practican y defienden como la única disciplina capaz de producir saberes rigurosos y acumulativos sobre lo político, no tiene rumbo y camina con pies de barro. Esa ciencia política le ha dado la espalda a la vida, es decir a la experiencia política. De ella sólo pueden salir datos inútiles e irrelevantes. El pensamiento político, la sabiduría política, hay que buscarla en otra parte. ¡Adiós a la ciencia política!
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Sartori y la ciencia política[*]

La obra del politólogo italiano Giovanni Sartori ha sido crucial para el desarrollo de la ciencia política en sus aspectos teóricos y metodológicos. El presente ensayo expone de manera puntual y crítica los principales aportes del “viejo sabio”.

Angelo Panebianco[**]

TEORÍA POLÍTICA Y MÉTODO COMPARADO

Me han dejado la tarea, de la cual estoy agradecido, de escribir sobre la teoría política de Giovanni Sartori. Iniciaré con una afirmación que puede parecer extraña sólo a quienes no conocen la obra de Sartori, lo que quiere decir que en este autor la teoría política coincide en gran parte con la metodología de la ciencia política. La teoría política en Sartori es inseparable de la metodología; no se puede hablar de una sin hablar también de la otra. Subrayaré también que esta particular combinación de teoría y metodología es, conjuntamente a la teoría de la democracia y la teoría empírica de los sistemas de partido, la contribución más importante de Sartori a la ciencia política, es lo que ha dejado más huella de su modo con el cual los científicos políticos piensan la política, sobre las categorías que utilizan para pensarla.

Una vez Sartori, en un ensayo famoso: Quale teoria (ahora en Sartori 1979, pp. 79-120), definió como tertium genus la teoría política distinguiéndola tanto de la filosofía política como de la ciencia política. En aquella interpretación de Sartori la teoría política era un género que preparaba y mediaba el pasaje de la filosofía política a la ciencia política: la teoría política era entendida como un modo autónomo (ni filosófico ni científico) de mirar a la política. La obra de Maquiavelo era indicada como ejemplo de eso que, según Sartori, debía entenderse por teoría política. Sartori concluía sosteniendo que la teoría política terminaría, antes o después, reabsorbida por la ciencia política, admitiendo que esta última llegase a consolidarse definitivamente como disciplina científica. No sé si esta previsión de Sartori se realizará algún día, pero pienso que, en la fase en la cual vivimos (y supongo que Sartori estará de acuerdo conmigo), la previsión o la deseable reabsorción aún no se ha realizado. Por esta razón, la teoría política, precisamente como ha sido entendida (y practicada) por Sartori, sigue teniendo, para la ciencia política, una grandísima relevancia; aun más, queda como su guía indispensable. Una ciencia política empírica que no esté guiada por la teoría política en el sentido con el cual Sartori la entiende es una ciencia política inevitablementeciega y condenada a la irrelevancia científica.

Para entender como ha sido posible que Sartori escogió realizar una relación estrecha entre su propuesta metodológica y la teoría política, es necesario situar históricamente el discurso de Sartori y tomar en cuenta los polémicos objetivos contra los cuales su elaboración teórica se ha dirigido (Sartori, además, jamás ha esconque el pensar en contra de, el pensar polémicamente, es un aspecto central, constitutivo, de su modo de trabajar). Los blancos de Sartori, en particular en los años cincuenta, sesenta y los primeros años setenta (cuando elabora y pone a punto su posición teórico-metodológica) son esencialmente dos: el primero “nacional”, italiano; y el segundo, internacional. El blanco italiano es la cultura idealista, aún muy fuerte en aquellos años, aquella que devaluaba, tratándolo con suficiencia, todo aquello que era “meramente empírico” y que polemizaba con la ciencia política, y las ciencias sociales en general, en nombre y por cuenta de la filosofía. Pero sobre esto no quiero detenerme.Es un aspecto relevante para situar algunas polémicas intelectuales de Sartori, pero no nos sirve para entender la empresa real y el verdadero interés de su posición teórico-metodológica por la ciencia política. Mucho más importante es el segundo blanco que es, pero en un modo que deberé enseguida precisar, el comportamentalismo (dominante en la ciencia política internacional de aquellos años) o con mayor precisión, determinados defectos y determinadas patologías del comportamentalismo
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Adiós a la ciencia política - Crónica de una muerte anunciada

Para César Cansino, siguiendo a Sartori, la ciencia política terminó por sucumbir a las tentaciones prescriptivas de la filosofía política de las cuales trató obsesivamente de mantenerse al margen. Prueba de ello está en los estudios politológicos más recientes sobre la democracia.

César Cansino[*]

En un ensayo reciente titulado “Where is Political Science Going?”, [1] el politólogo más famoso del mundo, Giovanni Sartori, estableció de manera tajante que la disciplina que él contribuyó a crear y desarrollar, la ciencia política, perdió el rumbo, hoy camina con pies de barro, y al abrazar con rigor los métodos cuantitativos y lógico-deductivos para demostrar hipótesis cada vez más irrelevantes para entender lo político, terminó alejándose del pensamiento y la reflexión, hasta hacer de esta ciencia un elefante blanco gigantesco, repleto de datos, pero sin ideas, ni sustancia, atrapada en saberes inútiles para aproximarse a la complejidad del mundo.

El planteamiento es doblemente impactante si recordamos que Sartori es el politólogo que más ha contribuido con sus obras a perfilar las características dominantes de la ciencia política en el mundo —es decir, una ciencia empírica, comparativa, altamente especializada y formalizada—. Por ello, nadie con más autoridad moral e intelectual que Sartori podía hacer este balance autocrítico y de apreciable honestidad sobre la disciplina que él mismo contribuyó a fundar.

No obstante, las afirmaciones del “viejo sabio”, como él mismo se calificó en el artículo referido, quizá para legitimar sus planteamientos, generaron un auténtico revuelo entre los cultivadores de la disciplina en todas partes. Así, por ejemplo, en una réplica a cargo del politólogo Joseph M. Colomer publicada en la misma revista donde Sartori expone su argumento, aquél se atreve a decir que la ciencia política, al ser cada vez más rigurosa y científica, nunca había estado mejor que ahora, y de un plumazo, en el colmo de la insensatez, descalifica a los “clásicos” como Maquiavelo o Montesquieu por ser altamente especulativos, oscuros y ambiguos, es decir, precientíficos. Otros politólogos, por su parte, se limitaron a señalar que Sartori estaba envejeciendo y que ya no era el Sartori que en su momento revolucionó la manera de aproximarse al estudio de la política.

Tal parece, a juzgar por este debate, que los politólogos defensores del dato duro y los métodos cuantitativos, de los modelos y esquemas supuestamente más científicos de la disciplina, denostadores a ultranza de todo aquello que no soporte la prueba de la empiria y que no pueda ser formalizado o matematizado, prefieren seguir alimentando una ilusión sobre los méritos de la ciencia política antes que iniciar una reflexión seria y autocrítica de la misma, prefieren mantener su estatus en el mundo académico antes que reconocer las debilidades de los saberes producidos con esos criterios, prefieren descalificar visceralmente a Sartori antes que confrontarse con él en un debate de altura. El hecho es que, a pesar de lo que estos científicos puros quisieran, la ciencia política actual sí está en crisis. El diagnóstico de Sartori es en ese sentido impecable. La ciencia política hoy, la que estos politólogos practican y defienden como la única disciplina capaz de producir saberes rigurosos y acumulativos sobre lo político, no tiene rumbo y camina con pies de barro. Esa ciencia política le ha dado la espalda a la vida, es decir a la experiencia política. De ella sólo pueden salir datos inútiles e irrelevantes. La tesis de Sartori merece pues una mejor suerte. En el presente ensayo trataré de ofrecer más elementos para completarla, previa descripción de lo que la ciencia política es y no es en la actualidad. Mi convicción personal es que el pensamiento político, la sabiduría pol
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¿Por qué discutir la cultura política?
César Cansino

Es tiempo de debatir en México el tema de la cultura política democrática sin prejuicios, esquematismos o purismos estériles. Lo que está en juego es la construcción social de una convicción básica e igualmente indispensable para que la democracia electoral tenga un piso fértil y seguro en el imaginario colectivo: la democracia no resuelve mágicamente todos los problemas, es una forma de gobierno compleja cruzada siempre de conflictos y contradicciones, la representación política no siempre conecta con la sociedad, y una interminable lista de inconsistencias; pero, pese a todo, siempre será preferible a cualesquiera otras formas de gobierno.

El día que esta convicción básica anide en nuestro estado de ánimo, nuestra joven democracia habrá dado un paso gigantesco hacia su consolidación. Lamentablemente, las cosas todavía no pueden pintarse de ese color. Los primeros años de alternancia han alentado frustraciones y decepciones que siempre retardan, generan desconfianza, apatía y nostalgias peligrosas por irreflexivas.

Por ello, no pueden más que causar perplejidad las campañas de educación cívica promovidas por organismos electorales en México, como el propio Instituto Federal Electoral (IFE). Son todas campañas destinadas al fracaso en tanto construidas en torno a los máximos de la democracia en términos de valores e ideales: honorabilidad, tolerancia, respeto, legalidad, etcétera. Están destinadas al fracaso porque no existe un referente en la práctica política cotidiana que posibilite que la ciudadanía conecte con esos valores. Por el contrario, la política profesional se ha vuelto un triste espectáculo diametralmente opuesto a esos valores, una pasarela de cínicos y corruptos que no tienen ningún aprecio por la ciudadanía y por la política democrática. Valga pues esta reflexión para poner las cosas en su justa dimensión. La cultura política democrática no es un asunto de mínimos o máximos, es más bien un proceso en búsqueda de ciertas certidumbres que se traducen en aprecio o al menos aceptación de la democracia como forma de resolución pacífica de conflictos sobre la base de reglas básicas. Ni más ni menos que eso.

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El arte de la “ciencia” política

Tras establecer la distinción entre las ciencias exactas y las ciencias humanas, el autor de este ensayo plantea que la ciencia política si acaso es un “arte”, y que debería aprender mucho de las ciencias naturales.

Philip Oxhorn[*]

¿Es la ciencia política realmente una “ciencia” como, por ejemplo, la física o la biología? ¿Puede decirse que los procesos políticos estudiados por los cientistas políticos estén gobernados por leyes inmutables de la naturaleza (humana), de la misma forma en que los procesos estudiados por los científicos de las ciencias naturales? Desde los años cincuenta, empezando con la influencia dominante del funcionalismo, a través del surgimiento del conductivismo en los años sesenta, y hasta el eventual desplazamiento de éste por varios enfoques nuevos que incluyen la elección racional y el individualismo metodológico, el institucionalismo en sus varias encarnaciones y una creciente insistencia en hacer estudios empíricos que incluyan un número máximo de casos, llevando a la exclusión de los estudios de área, supuestamente no teóricos, o incluso de los estudios de caso únicos, la disciplina se ha preciado cada vez más de su manto científico.

Tales pretensiones no son nuevas. Elocuentemente, se pueden remontar al menos hasta el materialismo científico de Karl Marx en el siglo XIX. El hecho de que el marxismo clásico no haya predicho las revoluciones campesinas y su incapacidad de concebir el importante desafío de crear, en el mundo real, una clase revolucionaria “en sí y para sí” a partir del proletariado, sólo sirven para subrayar la utilidad limitada de aplicar modelos derivados de las ciencias naturales a las interacciones humanas en general, y a la política en particular. Sin embargo, aunque los cientistas políticos actuales serían los primeros en reconocer estos fracasos del marxismo, la inmensa mayoría de sus respuestas parecen ser crear metodologías científicas supuestamente mejores, y no cuestionar la premisa básica sobre la cual se basan todos esos esfuerzos: que la política es fundamentalmente análoga a los procesos físicos que se observan en la naturaleza. Ya sea debido a un sentido de frustración con la naturaleza inherentemente incierta de su materia o a la necesidad de buscar alguna especie de “legitimidad” imitando a lo que perciben como los métodos probados de las así llamadas “ciencias exactas”, los cientistas políticos de la corriente principal parecen excesivamente reticentes a aceptar la cualidad impredecible y sui generis de los procesos políticos. El peligro que representa continuar con tal miopía es el hacerse cada vez menos relevantes tanto para los políticos como para la gente común, cuando éstos tratan de comprender al tiempo que enfrentan los desafíos que la política presenta en el mundo real. De igual forma que los conductistas y que los marxistas clásicos anteriormente, la corriente principal de la ciencia política actual puede verse relegada al “basurero de la historia” en poco tiempo.

Tal pesimismo refleja la diferencia fundamental que existe entre, por una parte, los procesos del mundo físico alrededor de los cuales se desarrolló inicialmente el método científico, y por otra la política que surge del papel central de la acción de los sujetos humanos. El a veces esotérico modelo científico del cual se deriva el método de las ciencias sociales comprende el descubrimiento de leyes básicas que determinen los procesos dinámicos en el mundo físico de formas predeterminadas que sirven de base a la predicción. La parsimonia se considera como la piedra angular de la explicación, al igual que la maximización de las observaciones empíricas. Y aunque interacciones aleatorias y los “errores” naturales pueden negar la precisión de la capacidad de predicción de la ciencia, son relativamente poco comunes y por ende se les puede controlar con el uso de más observaciones empíricas.
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Diez tareas para la ciencia política o el tobogán de Küppers

La ciencia política no ha llegado a su fin; simplemente ha modificado su forma de jerarquizar conocimiento y acción a la luz de la posmodernidad, sugiere el autor del ensayo. Y como muestra, exhibe un amplio catálogo de pendientes que esperan ser atendidos por la ciencia-encrucijada, como diría Maurice Duverger.

Mauricio Saldaña Rodríguez[*}

Harald Küppers se hizo famoso por su teoría de los cuerpos geométricos de color; en ella, el autor expone que el romboedro es la representación geométrica de las leyes de la visión; es decir que, a partir de un modelo geométrico de tres vectores, cada uno de ellos representará a un color primario. Diríase que el modelo de Küppers es una representación geométrica de la visión, del órgano de la vista y por consiguiente, de la idealidad cromática, puesto que deduce los orígenes, las combinaciones y las sensaciones que cada color produce. El romboedro es la piedra filosofal del color, pues. Pero, apenas nos sentimos felices por tal revelación, sentimos la llegada del desencanto: si el romboedro supone la totalidad cromática, seguramente en tal figura geométrica se cumple a cabalidad la ley del paralelogramo de fuerzas, por lo que la ubicación de todos y cada uno de sus puntos sería correspondiente al código de los colores primarios de la línea ertinente. En el caso de la ciencia política, pasa algo semejante: el politólogo cree que la ciencia-encrucijada cubre la totalidad de sus intereses y resulta que no es así. Vea el lector si no:

—aprendimos que la ciencia política revisa las estructuras sociales en base a estratificaciones, postulados y otros mecanismos de trabajo; en la actualidad, las estructuras sociales han cambiado de tal forma que se han desdibujado como los focos temáticos que solían ser. Nulle montagne sans vallée.

—pensábamos que el modelo de modernidad seguiría funcionando de la misma manera que nuestra metodología crítica: mostrándose a paso lento, haciéndose fácilmente identificable por las secuencias epistemológicas que deja sembradas en el camino.

—llegamos a suponer que el concepto de globalización cabría cómodamente en las categorías de análisis político, sin suponer grandes riesgos que anunciaran un agotamiento de la pormenorización metodológica.

—y nos bebimos el cuento aquél del modelo político de conflicto-concertación que sería capaz de hacer comprensible cualquier perturbación de los componentes de la comunidad internacional.

Y todo falló. Los cuatro paradigmas explicativos sobre los que construimos el edificio (el pensamiento) de la ciencia política exhiben su derrota ante la chacota mórbida de la posmodernidad y que se hace acompañar de una incómoda compañera: la maximización de derechos por cuenta de la evasión de los deberes, como diría Lipovetsky. Luego entonces, uno pensaría que la ciencia política como tal está condenada a la desaparición; semejante afirmación no es algo más que un estentóreo petardo en función a que ya hemos vivido al menos tres crisis similares, en apenas un siglo y fracción. Me explico.

1. La primera se da en términos del abandono del Derecho por parte de la ciencia política; es decir, que se hace a un lado el concepto de una teoría política normativa (una especie de pegote social a la técnica jurídica), lo que llegó a provocar laberintos verdaderamente intrincados: el constitucionalismo y el institucionalismo. Así las cosas, para el abogado metido a politólogo, el problema de la Política se resolvía a la luz de dos linternas: estableciendo la distancia que los actores políticos mantenían con respecto a las obligaciones y derechos de la Constitución, o bien analizando a las instituciones sociales y la relación de las personas con aquellas. De este conflicto, la ciencia política no salió en disputa con el Derecho; cada cual siguió su camino, a la vez que suelen aliarse en algunos campos. El análisis político electoral, por ejemplo.
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41 - Giovanni Sartori

Me han dejado la tarea, de la cual estoy agradecido, de escribir sobre la teoría política de Giovanni Sartori. Iniciaré con una afirmación que puede parecer extraña sólo a quienes no conocen la obra de Sartori, lo que quiere decir que en este autor la teoría política coincide en gran parte con la metodología de la ciencia política. La teoría política en Sartori es inseparable de la metodología; no se puede hablar de una sin hablar también de la otra. Subrayaré también que esta particular combinación de teoría y metodología es, conjuntamente a la teoría de la democracia y la teoría empírica de los sistemas de partido, la contribución más importante de Sartori a la ciencia política, es lo que ha dejado más huella de su modo con el cual los científicos políticos piensan la política, sobre las categorías que utilizan para pensarla.

Una vez Sartori, en un ensayo famoso: Quale teoria (ahora en Sartori 1979, pp. 79-120), definió como tertium genus la teoría política distinguiéndola tanto de la filosofía política como de la ciencia política. En aquella interpretación de Sartori la teoría política era un género que preparaba y mediaba el pasaje de la filosofía política a la ciencia política: la teoría política era entendida como un modo autónomo (ni filosófico ni científico) de mirar a la política. La obra de Maquiavelo era indicada como ejemplo de eso que, según Sartori, debía entenderse por teoría política. Sartori concluía sosteniendo que la teoría política terminaría, antes o después, reabsorbida por la ciencia política, admitiendo que esta última llegase a consolidarse definitivamente como disciplina científica. No sé si esta previsión de Sartori se realizará algún día, pero pienso que, en la fase en la cual vivimos (y supongo que Sartori estará de acuerdo conmigo), la previsión o la deseable reabsorción aún no se ha realizado. Por esta razón, la teoría política, precisamente como ha sido entendida (y practicada) por Sartori sigue teniendo, para la ciencia política, una grandísima relevancia; aún más, queda como su guía indispensable. Una ciencia política empírica que no esté guiada por la teoría política en el sentido con el cual Sartori la entiende es una ciencia política inevitablemente ciega y condenada a la irrelevancia científica.

El primer punto de Sartori es que sin un correcto uso del lenguaje, la ciencia no puede ir a ninguna parte. El problema prioritario consiste en la distinción entre los distintos lenguajes, aquel ordinario y aquellos especializados, y entre los distintos usos del lenguaje. Saltándome muchos pasajes intermedios, recuerdo que Sartori, una vez que ha hecho la distinción entre lenguaje emotivo y lenguaje lógico, procede posteriormente a estimular una ulterior y fundamental distinción, esta vez dentro del lenguaje lógico: es decir, entre un lenguaje lógico que tiene una finalidad empírico-científica y un lenguaje lógico especulativo-filosófico. El parteaguas, que posteriormente será el parteaguas entre la ciencia y la filosofía, se encuentra en su totalidad en el tratamiento de los conceptos: el conocer especulativo-filosófico puede incluso contentarse con conceptos vagos, en los cuales es vaga la relación entre el significado y el referente. En cambio, la ciencia tiene necesidad de tratar los conceptos en modo de eliminar la ambigüedad (o sea hacer explícita, clara y unívoca, la relación entre palabra y significado) y en modo de reducir lo más posible la vaguedad a través de una correcta operacionalización del concepto.

Nótese un aspecto que Sartori trata casi en passant, pero que, a mi juicio, es muy importante y que, entre otras cosas, al menos sobre este punto, acerca muchísimo la posición de Sartori a la de Max Weber. En efecto, Sartori, mientras está abordando cuestiones de lógica, rápidamente después de haber ilustrado las características de los conceptos (la tríada palabra, significado, referente), en un determinado momento, hace la siguiente afirmación: la diferencia crucial entre las ciencias sociales y las ciencias naturales es que las ciencias sociales tienen que vérselas con animales simbólicos, no con objetos inanimados como es el caso de la mayor parte de las ciencias naturales o animales desprovistos de impredecibilidad simbólica como es el caso de la zoología. Cuando el referente de nuestros conceptos (es esto, por decirlo de algún modo, el pasaje weberiano) está constituido por hombres, el resultado es que el referente, en sustancia, es otra triada compuesta por palabras/ significados/referentes multiplicada al infinito (por el número de hombres que observamos) e interactuante al infinito (a partir del número posible de relaciones entre ellos).

El segundo aspecto crucial está dado por la lógica clasificatoria. Correcto tratamiento de los conceptos y correcto uso de la lógica clasificatoria son para Sartori condiciones necesarias, aunque no suficientes, de una buena investigación empírica. La importancia estratégica de la lógica clasificatoria depende del hecho de que la ciencia política, al igual que las otras ciencias sociales (pero en esto a semejanza de algunas ciencias naturales, como la zoología o la botánica), es precisamente una ciencia clasificatoria. Y una ciencia clasificatoria está obligada a realizar un uso riguroso, más aún rigurosísimo, de la lógica clasificatoria.

Observo de paso que esto es también el corazón de la lección de Sartori sobre el métodocomparado. No se hace buena comparación si no se tratan los conceptos en modo de hacerlos viajar correctamente de un contexto al otro, y no se hace buena comparación si no se clasifican preliminarmente en modo correcto los “objetos” que quisiéramos comparar. Pero de la comparación en Sartori hablaré un poco más adelante en modo pormenorizado. Hoy el discurso metodológico de Sartori es, al menos formalmente, aceptado. Podemos decir que la ciencia política ha asimilado, al menos oficialmente, esta lección. Pero ello no era así cuando Sartori escribía estas tesis. En ese entonces, la ciencia política procedía a lo más en modo muy confuso. Había descubierto la comparación hacía poco tiempo, se había ido a “viajar” incluso por afuera del mundo occidental, pero lo hacía con frecuencia mal, manejando mal los conceptos y con clasificaciones inadecuadas. Más aún, había descubierto también poco tiempo después las ventajas de la cuantificación y se dedicaba a medir, más o menos desatinadamente, variables de cualquier tipo, perdiendo sin embargo de vista —era esta la enseñanza de Sartori en ese entonces— que sin una instrumentación lógica adecuada, la cuantificación no hace crecer para nada la cientificidad de la investigación: al contrario, nos inunda de datos sin darnos ningún conocimiento auténtico.



El último aspecto de la posición metodológica de Sartori sobre el cual quisiera llamar la atención es la fuerte valorización de la importancia de las teorías de medio rango. En abstracto, Sartori no niega, naturalmente, la posibilidad de teorías generales, ni niega la importancia en las ciencias sociales de las explicaciones ideográficas, sino que su enfoque lo lleva a privilegiar estrictamente las teorías mertonianas de medio rango: tanto porque la ciencia política no está lista aún, quizá jamás lo estará, para teorías generales como porque las explicaciones estrictamente ideográficas son inevitablemente de bajo contenido de cientificidad. Y lo son porque se substraen a la posibilidad de controles empíricos serios.

Más allá de sus tesis metodológicas, naturalmente la preferencia y el interés de Sartori por las teorías de medio rango se deduce de su misma investigación. Su más importante teoría empírica sobre los sistemas de partido, tiene precisamente las características de una teoría de medio rango.

Resumiendo, Sartori “confronta” la teoría y todo aquello que permite su construcción: el uso correcto del lenguaje, la formación de los conceptos, la lógica clasificatoria, ya que está convencido de que sin esta confrontación la investigación empírica no puede llevarnos a la generación de nuevos conocimientos.

Sartori jamás ha contradicho ni traicionado su propia lección metodológica estudiando los fenómenos políticos. Existe, antes bien, una notable coherencia entre la metodología de Sartori y su modo de hacer teoría política. De algún modo, esta coherencia es también en determinados puntos sorprendente si se considera que, objetivamente, jamás es fácil quedarse hasta el fondo fiel a las propias convicciones metodológicas mientras se trabaja sobre problemas de sustancia. En cambio, en Sartori esta coherencia existe realmente.

Para Sartori, la teoría política es, en efecto, como ya se ha expresado, la precondición de la investigación. A ello, como lo hemos visto, se le confía la tarea de tratar los conceptos y de proveer a la investigación las hipótesis y las clasificaciones necesarias. Las investigaciones preexistentes proveen conocimientos y sugerencias a la teoría política, pero estos conocimientos preexistentes pueden ser valorizados si y sólo si, hacemos un uso correcto del lenguaje y del método lógico. El intento es aquel de favorecer el engranaje de un círculo virtuoso para el cual la teoría política debe generar investigación cuyos resultados, a su vez, retro-actúen, por decirlo de algún modo, sobre la teoría permitiéndole las adaptaciones necesarias para los nuevos conocimientos.

Regreso, concluyendo, a mi punto de partida. Conjuntamente a la teoría de la democracia y a la teoría de los sistemas de partido, la lección metodológica de Sartori y su modo de entender la teoría política han ejercido, y creo que ejercerán también en el futuro, muchas influencias positivas sobre la ciencia política. Seguramente le confieren a Sartori, entre los estudiosos de su generación, una posición original, casi única. Si a la teoría de la democracia, además de Sartori, ha dado una contribución muy relevante Robert Dahl, si a la teoría de los sistemas de partido, además de Sartori, han dado una contribución crucial estudiosos como Stein Rokkan, Seymour M. Lipset y Juan Linz (hablo siempre de la generación de Sartori), no hay duda que no encontramos en ninguno de estos autores, aunque todos ellos son muy finos, el rigor metodológico que es particular de Sartori. Y creo que esto es al final el verdadero secreto de su obra, la razón por la cual sabemos que no sólo nosotros, sino también las próximas generaciones de científicos políticos, deberán necesariamente vérselas con la obra de Sartori.

Angelo Panebianco
Del blog de Juan José Rodríguez Prats
Política de principios

domingo 3 de octubre de 2010
El PRI, igual que Santa Anna

Antonio López de Santa Anna fue presidente de México en once ocasiones. Pudo hacerlo gracias a una estrategia muy eficaz: hacerle creer a los mexicanos que era indispensable y que nadie más tenía los atributos para poder gobernar a nuestro atribulado país. Solía retirarse y ver los asuntos desde lejos y en el momento oportuno se aparecía, presentándose como el hombre insustituible. De ahí surgió el subtítulo que Enrique González Pedrero le puso a su voluminosa biografía: “El país de un solo hombre”, o Enrique Serna que lo llamó “El seductor de la patria”.

Hoy, ironías de la vida, los priistas ofrecen el mismo espectáculo y la misma estrategia: ellos son los únicos que saben y pueden gobernar. Los mexicanos no somos aptos para la democracia. Es la misma idea que sostuvo Manuel Ávila Camacho, cuando decía que a los mexicanos nos interesa comer, no votar; o la de don Adolfo Ruiz Cortines, que definía al PRI como un traje a la medida del pueblo de México. Me parece que al paso de los años, más que traje, es una camisa de fuerza. Inclusive en fechas más recientes, el entonces presidente Miguel de Madrid, en alguna conferencia de prensa, llegó a declarar que los mexicanos, por nuestros genes autoritarios españoles y prehispánicos, estamos impedidos para ser ciudadanos con deberes y derechos.

Recordemos que José Manuel Puig Cassauranc, asesor de Plutarco Elías Calles, lo consideró una solución de emergencia que por culpa de todos se prolongó. Luis Cabrera lo denominó una medida perentoria condenada a desaparecer para dar paso a la democracia. Nunca fue concebido como un verdadero partido con legitimidad y con democracia interna. Origen es destino: surgió desde la cúpula del poder y con esa mentalidad quiere continuar operando, no con el sustento de la voluntad ciudadana.

Esta idea la sostienen hoy, con enorme audacia y con sus actitudes, los jerarcas priistas: amenazan con retornar. Y con la misma soberbia de Santa Anna, se ostentan como indispensables. La alternancia es buena, digamos que es la regla de oro de la democracia. Pero, ¿regresaría un PRI diferente al que se fue en el 2000? ¿La actitud que ha tenido en estos diez años permite suponer que han madurado y que han aprendido de sus errores del pasado? ¿Se han deslindado de las figuras que tanto daño le hicieron al país desde las cúpulas del poder? ¿Han logrado distinguir la diferencia entre correligionario y cómplice? ¿Han conseguido democratizar a su partido? ¿Han generado una nueva forma de hacer política? ¿Han logrado concebir un discurso político que deje atrás la verborrea y la demagogia? Finalmente, ¿han asumido su papel de oposición responsable? Desafortunadamente, la respuesta es negativa. Basta asomarse a los procesos electorales que se efectuaron recientemente en las diferentes entidades de la República para confirmar cómo siguen actuando: con las más rancias prácticas políticas, pegándole a la voluntad ciudadana y avasallándola. La prueba de todo lo anterior la ofrece el Congreso mexiquense de mayoría priista, prestándose a limitar a la ciudadanía en sus derechos para ejercer la democracia.

El siglo XIX fue el de los ciudadanos imaginarios; el siglo XX, el de los ciudadanos sometidos y el PRI ahora intenta que el siglo XXI sea el de los ciudadanos anulados o manipulados. Sí, desafortunadamente siguen suspirando por el hombre indispensable, por el caudillo mesiánico, por el muñeco manipulable. ¡Qué arduo es el cambio de mentalidades cuando se arraigan hábitos y costumbres difíciles de erradicar!

¿Qué hacer en estas circunstancias? Con toda certeza vendrán ocurrencias para seguir modificando nuestro derecho electoral. ¿Será este el mejor camino? Me temo que no. La única vía es fortalecer la calidad y la cantidad en la participación ciudadana. El ciudadano es el protagonista más importante en una democracia. Eso es evidente y por eso preocupa que en las distintas encuestas se incrementen los desencantos con nuestra democracia. Eso precisamente es lo que quiere el PRI y esa es la causa de su comportamiento. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, refrán fatal que nos condena a la mediocridad y al autoritarismo. “No hagas cosas buenas que parezcan malas”, ¿qué acción política, por muy buena que sea, es invulnerable a que alguien la considere mala?

Que el ejemplo de Santa Anna nos enseñe; que no pretendan engañar con la falsa idea de que ya cambiaron y de que ahora sí van a corregir; que por fin entendamos que la democracia no es solamente una estructura jurídica y un régimen político, sino un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo, como reza el artículo tercero constitucional, el cual pone especial énfasis en lo cultural. Ahí están los valores, los principios y la estrecha vinculación entre ética y política. Entendamos que México requiere de beneficiarios, pero aun más de contribuyentes; el país necesita no sólo de acreedores que se sienten merecedores de todos los bienes pero que no cumplen con las tareas elementales del buen ciudadano, sino de individuos que están en deuda con su patria.

Sí, México enfrenta enormes desafíos, pero el más importante es no dar marcha atrás en su proceso de consolidación democrática. Que nos amarren como a Ulises y dejemos atrás las voces de sirenas que, como dijera Adolfo Christlieb Ibarrola, siguen convenciendo a aquellos que niegan que el horizonte existe.
Publicado por Rodríguez Prats en 15:36 0 comentarios Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir con TwitterCompartir con FacebookCompartir con Google Buzz
sábado 2 de octubre de 2010
Mi amigo Diego
En mucho soy panista por la fervorosa admiración que Diego Fernández de Cevallos despertó en mí en la LV Legislatura (ésa sí fue histórica). Yo estaba en la bancada priísta y él dirigía el grupo parlamentario más brillante que el PAN ha integrado en la Cámara de Diputados. Admiré su entereza, su elocuencia, su liderazgo.

Posteriormente, me acompañó en Tabasco en mi campaña por la gubernatura de ese estado. Coincidimos después seis años en el Senado de la República. Hubo muchas sesiones en las que terminamos compartiendo el pan, la sal y el vino (Marqués de Cáceres) en un diálogo agresivo y provocador.
Creo que nuestra amistad se caracteriza por la absoluta ausencia de simulación y de halago. Sabía que con ello pisaba un terreno peligroso, siempre que amistades tan estrechas incurren en ese tipo de relación existe el riesgo de faltarse al respeto. En más de una ocasión llegamos al límite. Escribía en las servilletas pensamientos y versos. Conservo muchos, mi vanidad me obliga a reproducir uno de ellos: “Cuando Dios estaba formando el Universo y al hombre, entendió que, tarde o temprano, el hombre descubriría la regla del interés compuesto, y entonces, para preservar el equilibrio del Universo, inventó una raza de reyes, que no obedecieran a nadie. Así nacieron los gitanos y tú eres ¡un gitano de la política!”.
Transcribo lo anterior para hacer evidente los lazos de afecto que me unen a Diego, aún cuando he tenido algunas desavenencias con él al no coincidir en nuestra manera de vivir la política. Existe una práctica que desafortunadamente es frecuente en el PAN: la falta de compromiso con la política.
Acción Nacional se hizo en la oposición con militantes que tenían otras formas de ganarse la vida. La mayoría de las veces, incursionan en esta profesión por deber, por patriotismo. Después de cumplido el encargo, retornan a sus tareas habituales. Esa falta de continuidad, debo confesar, me desespera al ver el contraste con el priísta que vive por, para y de la política. Para bien o para mal, creo que esos son los prototipos de los militantes.
Fernández de Cevallos le hizo grandes servicios al PAN y a México, gracias a su capacidad negociadora y a su habilidad para lograr lo que el PAN asumió desde 1939: el mejorismo, el gradualismo, el avanzar aprovechando cualquier rendija del sistema, el apostar siempre por la civilidad y la negociación. En este terreno, Diego es un maestro.
En la LV Legislatura, negoció profundos cambios que permitieron la posterior transición a la democracia, incluida la modificación a los requisitos para ser Presidente, lo cual permitió la postulación de Vicente Fox. Entonces Diego impulsó, demostrando la preeminencia que el PAN le da al interés nacional sobre el interés partidista, reformas tan trascendentes que permiten calificar esa época como un gran parteaguas en la historia del país.
Sus intervenciones son históricas, me remito a una. Cuando los diputados calificaban sus propias elecciones. Entonces Diego, ante verdaderos atropellos a la voluntad ciudadana dijo: “Acción Nacional llegó hasta aquí. (…) Solo me resta, por honradez, dejar constancia a la mayoría de una sincera gratitud. No todo está mal hecho por ustedes. Han cavado la tumba del Colegio Electoral”.
Posteriormente, se crearon los organismos electorales autónomos e independientes que despojaron al gobierno del control de las elecciones.
Se hicieron modificaciones profundas a la Constitución. Una de ellas le enorgullece enormemente: que haya educación religiosa en los colegios particulares. Ha presumido siempre la felicitación de José González Torres, quien le manifestó que ya se podía morir tranquilo, pues ése había sido uno de los más encarecidos propósitos del PAN desde su fundación.
Transcribo otros pensamientos que conservo con enorme emoción. El primero dice:
Si quieres ser feliz basta con que vivas la oración de Ignacio de Loyola:
Señor:
Enséñame a ser generoso,
a dar sin medida,
a trabajar sin descanso,
a luchar sin miedo a que me hieran
y a no esperar más recompensa que saber que hago tu voluntad.
El segundo, que incluso mandé enmarcar, son los versos de algún poeta español, que me recitaba con dicción envidiable:
Cuida que cuando regreses
desde el final de tu vida,
pueda verte a la cara
el niño que fuiste un día.
Insistía, con estos versos en mantener siempre la congruencia. Tengo la esperanza de ver de nuevo a Diego, de recordarle estos versos y de insistirle, con terquedad tabasqueña, que no es justo que un hombre tan valioso desdeñe, en los tiempos de hoy, la participación política. No hay atajos para perfeccionar la democracia y los hombres de calidad, como sin duda Diego lo es, no tienen el derecho de desprenderse de los liderazgos que ya crearon. Estoy seguro que habremos de reírnos porque una de sus cualidades es el sentido del humor y yo seguiré sintiéndome orgulloso de nuestra amistad.
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domingo 19 de septiembre de 2010
Carta a Enrique Peña Nieto
Me permito escribirle como simple mexicano y ciudadano, y por la preocupación que me generan algunas de sus afirmaciones que hace usted en su último informe.

Me dirijo a usted en su calidad de candidato, porque no tengo ninguna duda que así será, dado que el PRI siempre ha postulado al que puede ganar, no al que pueda desempeñar mejor el cargo en disputa.
Dice usted: “es falaz y doloso hacer creer que la llegada de un partido distinto al que actualmente ostenta la presidencia de la república, sea una regresión de nuestra democracia y exhorta: desterremos los reclamos y recriminaciones del pasado. Veamos hacia delante para tener rumbo y parar la parálisis. El proyecto de futuro no pasa por la restauración del viejo régimen”.
Qué bueno que reconoce que hay parálisis, porque ésta la propicia su partido, que ha obstruido cualquier reforma seria para reformar a México. Las últimas reformas trascendentes que se hicieron en México, corresponden a la LIV y LV Legislaturas, cuando gracias a la madurez y sensatez del PAN, se regresó la banca a los particulares, se acabó la relación hipócrita entre iglesia y estado, se reconoció que no había más tierra qué repartir, se firmó el tratado de libre comercio, se hicieron reformas en economía y en política que fortalecieron la autonomía del Banco de México y el avance en materia política. Propuestas del PAN desde su origen.
Yo le pregunto: si los papeles hubieran estado invertidos en la LVII Legislatura, ¿el PRI hubiera aprobado, como sí lo hizo el PAN, por su compromiso con México, la absorción por parte del estado de la deuda del Fobaproa? Desde luego que no, y el país se hubiera hundido en una profunda crisis. Prueba de lo anterior, es cómo su partido, después de que el año pasado aprobó reformas fiscales con su voto, ahora amenaza, no teniendo palabra, con cambiar de actitud. Prueba de ello, es la manifestación expresa de que van a este periodo de sesiones, no a legislar, sino a vengarse. Eso constituye una bofetada al pueblo de México. Desafortunadamente, el legislador mexicano ha sido vencido por la realidad, ésta, ya hace rato, ha desbordado los cauces legales y por lo tanto, debilitado el estado de derecho.
No, señor Peña Nieto, la alternancia no es mala, ni el PAN se creó para aferrarse al poder, como sí lo hizo el PRI, lo grave es que regrese el viejo PRI al que usted pertenece, y eso sí constituye una seria amenaza para México. ¿Por qué me atrevo a afirmar que usted pertenece al viejo PRI? Por las siguientes razones:
1) Usted ha hecho un mal manejo del presupuesto, para destinar enormes recursos para su promoción personal. Basta ir al Estado de México, para ver su ostentosa campaña en espectaculares, los cuales, ¡qué talento Señor licenciado! se cargan al costo de la obra, como si fuera gasto de inversión, siendo gasto corriente y ¡qué corriente, señor candidato!
2) Usted es cómplice de su tío, Arturo Montiel, siendo funcionario de él como gobernador, en un área clave en el manejo de recursos y aprobándole como Diputado Local, presupuestos y cuentas públicas. Sí, tiene usted razón, el pasado no nos debe atrapar, pero el mayor mal de México, es la impunidad y usted en eso, es un campeón.
3) Se le vio a usted en toda la República apoyando a los más repugnantes y viejos caciques en diferentes estados, lo cual refleja su enorme pasión y obsesión por el poder, sin importar cómo obtenerlo.
4) Usted como político, sostiene las tesis más anticuadas que corresponden al viejo sistema, no tiene usted mensaje, ni simboliza usted una esperanza, es lo peor de lo mismo y todos los días lo confirma.
5) Cuando ya en México se transitó de un sistema autoritario con un presidencialismo exacerbado y un partido hegemónico a un sistema con presidencialismo acotado y con real competencia de partidos, el PRI continúa con sus prácticas antidemocráticas y sin que tenga democracia interna. La prueba de ello, son las notables deserciones ante cada proceso electoral. Ahí está nuestro mayor rezago, el PRI no ha asimilado el cambio, sin duda pasará a la historia, como el partido más reaccionario y retrógrada.
6) Sus intentos por evitar alianzas habrán de ser condenados por la ciudadanía, no tiene usted absolutamente idea, de lo que es la historia de México, porque ya debería de saber en este año del bicentenario, que nuestra patria arrancó con una alianza de dos adversarios y se concretó en el famoso abrazo de Acatempan. Los unía el interés por crear una nación; en el caso del Estado de México, se darían alianzas para romper su cacicazgo y el gobierno corrupto que usted encabeza.
7) Habrá usted de designar en los próximos meses, a su sucesor. Lo reto a que demuestre que estoy equivocado y su partido instrumente sin simulaciones, y sin maquillajes, procesos democráticos auténticos.
México requiere de demócratas, aunque ya la frase, por trillada, la deberíamos obviar: y usted no es demócrata sino un simple producto de la mercadotecnia electoral y candidato evidente de la ultraderecha.
Sí, el mejor historiador del PRI sigue siendo Augusto Monterroso: “cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Señor, el que está despertando es el pueblo de México y por desgracia usted es el dinosaurio.
Esa es mi peor pesadilla y como diría Dehesa q.e.p.d.: “¿qué tal durmió?”
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lunes 13 de septiembre de 2010
Las palabras, hoy, de Carlos Castillo
Carlos Castillo Peraza me distinguió con su amistad. Nadie nos presentó, yo lo busqué el domingo 8 de mayo de 1994 para solicitarle mi ingreso al PAN, tal como él lo relata en el prólogo que generosamente me escribió del libro: La congruencia histórica del PAN, de mi autoría.


Al recibir amenazas me asusté y al ir a manifestarle que me retractaba de mi decisión por miedo y cobardía, me dijo unas palabras que jamás olvidaré: “No estás entre la espada y la pared, el PAN no es pared”.


El miércoles 11 de mayo Liébano Sáenz me transmitió un mensaje muy simple: “El Dr. Zedillo te tiene en su ánimo”, la frase me indignó y el jueves 12 de mayo a las 13:30 de la tarde renuncié a 24 años de militancia priísta, el viernes de nuevo visité a Castillo Peraza y, desde entonces, he sido beneficiario de su generosidad, más aún, fui y soy un aprendiz permanente de las lecciones que con tanta nobleza me continúa impartiendo. Lector voraz de sus escritos, siempre encuentro lo que intuitivamente anhelo percibir para la reflexión sobre el México de hoy.


Carlos Castillo Peraza caminaba llevando por delante sus principios y no se tropezaba con ellos, como también lo hiciera Carlos Ma. Abascal Carranza, por eso insisto en hablar hoy en el PAN del vacío de los Carlos. ¿Qué mensaje, hoy, Carlos Castillo Peraza nos transmitiría a los panistas? En primer lugar, que los principios sirven, que orientan, que son útiles, que se incorporan a las actitudes y conductas y se convierten en virtudes, que encierran valores y, que son, convicciones que se arraigan en la conciencia del militante, lo dice, con énfasis: “principios son aquellas afirmaciones a partir de las cuales se van a hacer y se pueden y se deben hacer otras, son afirmaciones originarias, son afirmaciones para desarrollar, para continuar. Son principios, primero porque son principales y son principios en segundo término, porque son inicios; es decir, de ahí se arranca para algo. Entonces, cuando hablamos de principios de doctrina, hablamos de aquellas ideas principales y originarias del PAN que son para ser enseñadas, para hacer llegar a muchos más y para desarrollarse”.


Nos manifestaría su coraje y nos convocaría a quitarnos el miedo y dar el debate que es la mejor tradición del PAN; nos convocaría también a la grandeza, a evitar la tentación de imitar al PRI; nos diría que al democracia no es fácil y que el PAN en su historia no buscó atajos, sino que se esmeró en educar ciudadanos.


Con lenguaje tropical, nos diría que respetemos y hagamos respetar al PAN que es lo mejor que tenemos y que es la mejor tradición política de México, nos reclamaría que antes de democratizar el poder, el poder nos venció e insistiría una y otra vez sobre las enseñanzas de Manuel Gómez Morín y nos restregaría en el rostro la forma vertiginosa en que nos hemos pervertido.


Castillo, hoy diría, a mi entender, que no imaginemos, sino que recordemos quiénes somos y de dónde venimos y hacia dónde debemos ir. Estoy convencido que, en lo general, la imaginación no es virtud política, sí lo es la memoria y la lealtad y el respeto a la tradición y el compromiso con las generaciones de antaño y con las que vendrán, con el fortalecimiento de la identidad, y hoy, el PAN debe insistir que su doctrina es sostenible, sustentable y defendible, por eso Carlos la calificó como la victoria cultural del PAN.


Como lo hizo el 20 de noviembre de 1993, diría que porque tenemos memoria apostemos por nosotros mismos, desde luego, que sería partidario de las alianzas casuísticas, específicas, condicionadas, pero antes los retos inminentes diría con entonación yucateca: “apostemos por nosotros mismos, por la dignidad del panista, por su libertad, por su calidad ética, por el valor de los seres humanos que en este partido militamos”.


Castillo Peraza nos convocaría a tener mirada de horizonte, a ser el perro del trineo que va adelante y que sabe cuál es la meta, no el que va detrás, que solamente ve el trasero del primero.


Castillo Peraza insistiría en fomentar lo que el PAN ha venido perdiendo por el constante deterioro del ejercicio del poder, la camaradería castrense, el mostrar solidaridad con calor humano en la que tanto se prodigo con los correligionarios que disfrutamos el exquisito manjar de su amistad.


Castillo Pereza insistiría en buscarnos unos a los otros para hacer política, la política seria que él exigía, la política sin la cual no puede haber democracia, la política que suma voluntades y no que resta, la política que le dice a quien la practica que está obligado, antes que nada, a ser un buen correligionario y eso quiere decir lo que los liga unos con otros, la política que nos ha llevado a este partido, sí, para canalizar legítimas aspiraciones, pero más que todo para compartir y para hacer sentir y para hacernos sentirnos que no estamos solos, sino que al compartir ideas, nos unen sentimientos y fraternalmente nos sentimos en una trinchera de combate por el país con el que soñaron los fundadores del PAN.


Castillo Peraza adoraba las palabras y, por eso, se encariñaba con ellas y les exigía todo, para que transmitieran con realismo nuestros propósitos y nuestros afanes “democracia es palabra: palabra interior de la conciencia, palabra de honor que se da y que se cumple, palabra jurídica que se respeta, palabra veraz que se escucha y se intercambia, palabra de hombre que prevalece sobre el dinero y la espada. just semper loquitur : el derecho siempre habla, porque en el principio y en el fin, siempre está el verbo”. Y, en otra parte, expresa “la violencia es el fracaso de la política, y la política solo fracasa, si fracasa la palabra”.


Castillo Peraza, con todo y su renuncia al PAN seguiría hablando con amor sobre el PAN, seguiría pendiente de sus amigos en el PAN y seguiría anhelando que no cayera el PAN en la tentación de asimilar los vicios en los que se incurre cuando se ejerce el poder, seguiría debatiendo y siendo crítico feroz y exigiendo todo, porque lo daba todo, entendía la política como reciprocidad, porque sabía que es intercambio y es acuerdo.


Hay que leer y seguir leyendo los textos de Carlos, hay que hablarle a las nuevas generaciones de su hermoso ejemplo y hay que repetir las palabras que Castillo Peraza tomaba de Gómez Morin, México no debe soñarse distinto de lo que es, ahí está el núcleo que nos debe mover, unidas voluntad y capacidad, unidos el ideal y la realidad, unidos el deber y la actuación cotidiana, así a diez años de distancia, la figura de Carlos se engrandece y, como suele suceder, con los hombres grandes, entre más se alejan, más crecen en la historia y su ejemplo se convierte en paradigma y en figura señera
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lunes 6 de septiembre de 2010
La ocasión para trascender
Nuevamente palpita una leve esperanza de que el Poder Legislativo nos envíe un mensaje de responsabilidad y de cumplimiento del deber.



El gran jurista Manuel Herrera y Lasso decía que el Congreso es la caja de resonancia del acontecer nacional. Un panista y extraordinario ser humano, don Juan José Hinojosa, define al Congreso como el recinto donde se reúnen los adversarios para que emanen acuerdos, para que sea el ámbito donde se dé el diálogo que, en palabras de Platón, consiste en verificar intersubjetivamente las certezas. Esa es la esencia del debate, esa es la razón de ser del órgano colegiado.


Los estudiosos del Parlamento concluyen que tiene tres funciones: la de integración, que consiste en fortalecer las corrientes políticas para que se tomen decisiones de políticas públicas; la función de control, en donde el Congreso deviene contrapoder para frenar abusos y exigir la rendición de cuentas; y la función legislativa, que radica, más que en hacer leyes, en legitimar, difundir y corregir las iniciativas que deben venir principalmente del Poder Ejecutivo.


El mismo formato de las sesiones del Poder Legislativo está diseñado para cumplir estas funciones, culminando con la agenda política a la que, desgraciadamente, cada vez se le da menor importancia, ahí radica su reto más relevante. Uno de los principios que orientan el trabajo parlamentario es el de centralidad; esto es, que la opinión pública tenga interés en seguir las sesiones porque lo que se está diciendo es importante para México. Desafortunadamente, ninguna de las dos cámaras del Congreso ha logrado atraer la atención de los ciudadanos. Ello, indudablemente, es responsabilidad de los propios legisladores y de las Juntas de Coordinación Política que se olvidan de sus deberes por buscar más espacios de poder.


Si el Poder Judicial se encarga de analizar asuntos que ya acontecieron para emitir un juicio y el Poder Ejecutivo realiza acciones y ejerce un presupuesto en el presente, el Poder Legislativo debe hacer un ejercicio para prever los escenarios del corto, mediano y largo plazos para orientar a la nación y a la acción del poder público.


Bien lo dijo el gran pensador liberal José María Luis Mora: “El más sabio y seguro medio de precaver las revoluciones de los hombres, es el de apreciar bien la del tiempo, y acordar lo que ella exige y acordarlo no como soberano que cede, sino como soberano que prescribe”.


El mundo se está moviendo a gran velocidad y México acusa un grave rezago en todos los órdenes. En el Congreso recae la responsabilidad de abatir esa dilación. El PRI promovió reformas en aras de alcanzar la gobernabilidad sacrificando el pluralismo y la democracia. Ejemplo de ello fue la famosa cláusula de gobernabilidad incorporada en 1987. Ahora pretende reinstalarla, confiado en que retornará al poder. La contradicción radica en que estando el Ejecutivo federal en manos del PAN obstruyen acciones para ostentarse como los únicos que saben hacer política. En el fondo, lo que manifiestan es su falta de vocación democrática y su ansiedad por retornar al sistema autoritario.


Eso es lo que está en juego en el periodo de sesiones que ahora se inicia y en el que, como siempre, se plantean ambiciosas agendas legislativas y discursos de posicionamiento ofreciendo acuerdo que nunca llegan a ser acciones y decisiones concretas. Desafortunadamente, ya no es el poder el que está al servicio de la verdad como quería San Agustín sino al contrario, el poder subordina y absorbe a la verdad.


Solamente en la democracia se hace política; en los sistemas autoritarios o totalitarios sólo hay abyección e ignominia. Entonces, pues, rescatemos a la política para consolidar nuestra democracia. El esfuerzo es de todos y debe partir de un diferente discurso político que insista en los principios, que sea verificable en los hechos y que sea accesible a la ciudadanía. Son muchos los compromisos que nos obligan a imprimirle esta característica a nuestro Congreso. La mejor forma de celebrar el Bicentenario de nuestra Independencia y el Centenario de nuestra Revolución es derrumbando mitos y superando carencias.


Hay otro principio que rige el trabajo parlamentario: la voluntad de las mayorías prevalece, pero también como principio democrático se exige de las mayorías una conducción ética de sus actitudes políticas. Preocupa ver en los medios los llamados de guerra que hacen los coordinadores del PRI para seguir deteniendo el desarrollo nacional, agrediendo a las instituciones e impidiendo el buen desempeño del Estado en su acariciada y deshonesta nostalgia de recuperar el poder presidencial.


El artículo 28 de la Constitución francesa de 1793 señala que una generación no tiene el derecho de imponerle a las generaciones futuras decisiones jurídicas. He ahí lo que explica la permanencia del Poder Legislativo.


La Constitución mexicana de 1824 habla de que ciertas disposiciones jamás podrían ser modificadas. Es lo que los juristas conocen como leyes pétreas, consideradas así por su imposibilidad de cambio. El artículo 135 hace rígida nuestra Constitución por el proceso tan complicado para modificarla. Así mismo, nuestra Carta Magna desciende a nivel de reglamento en algunos artículos, representando un obstáculo al desarrollo del país.


En la antigua Roma se decía que el derecho se hizo para el hombre, no el hombre para el derecho. Hemos olvidado este principio tan evidente en muchas ocasiones. Nuestro derecho no estimula la confianza, no permite que los mexicanos desarrollemos en plenitud nuestra potencialidad.


Todo esto lo tiene que entender el Poder Legislativo y es escaso el tiempo, único recurso realmente no renovable. El año próximo entraremos a una lucha electoral de pronóstico reservado. No es audaz afirmar que el periodo de sesiones que ahora se inicia será el último de esta legislatura y con ello la última oportunidad de dejar una huella trascendente.
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lunes 30 de agosto de 2010
Partidos no políticos
Negarse a dialogar es negar la política. Es incurrir en una falta de civilidad, la cual es necesaria para la democracia. Siempre se ha insistido en que, mediante la confrontación de ideas, se puede conceptualizar la convivencia social. Sócrates usaba la mayéutica como método para, mediante la pregunta y la reflexión, aproximarse a la razón; Platón, con su dialéctica, buscaba esclarecer los conceptos; Aristóteles, con su método de principios que después se denominaría lógica, nos ayuda a pensar. Y para no sólo hablar de los clásicos griegos, agregaría que el mismo Maquiavelo expresaba: “Si se quiere que una secta o una república viva largo tiempo, es necesario retraerla a menudo a sus principios”. En fechas tan trascendentes históricamente como las que celebramos este año y ante amenazas tan descomunales como las que hoy enfrentamos, México requiere de un diálogo sensato para definir las políticas públicas a aplicarse. Y la más importante, por ser deber primigenio del Estado, es la política de seguridad.



Analicemos las posibles causas que motivaron el rechazo del PRI, del PRD y del PT al diálogo convocado por el Presidente de la República.


En lo referente al PRI, no se puede aludir a ningún principio ni postura ideológica. Sólo hay bajas pasiones, soberbia (el pecado capital), prepotencia y falta de responsabilidad para con México. No ha podido superar el haber sido derrotado en la contienda electoral presidencial. Bien lo dice Fernando Escalante: “El resentido vive en la convicción de haber sido víctima de un despojo irreparable. No es por su culpa que carece de esto o lo otro, ni hay mérito alguno en quienes lo poseen: todo es producto de una injusticia fundamental, que trastorna el orden natural de las cosas”.


Yo les pregunto a los priistas de hoy: ¿hubieran sido capaces de una actitud similar si el Presidente de la República fuera priista? Francisco Rojas, que alude a su condición institucional y que brincó con maestría entre una y otra administración presidencial, ¿tiene autoridad moral para negarse a la posibilidad del acuerdo con el Ejecutivo federal? Manlio Fabio Beltrones, que fue subsecretario de Gobernación y que se caracterizó por la disciplina rigurosa, la que también instrumentó con severidad como gobernador de Sonora, ¿es congruente dándole prioridad a otro compromiso en lugar de asistir a una reunión entre poderes?


Yo les pregunto a los priistas de hoy: ¿hubieran aprobado la deuda adquirida por el Fobaproa siendo oposición?, ¿hubieran avanzado en reformas sustanciales si se las propone un presidente que no está en sus filas? No, señores, no intenten esgrimir argumentos. Únicamente los guía una terrible mezquindad y una gran mediocridad.


El PRD, sin duda, no aprende de su historia. En 1988, su antecedente, el Frente Democrático Nacional, logró una votación histórica que sembró el enigma de los resultados electorales. Cuauhtémoc Cárdenas, aunque ciertamente en la clandestinidad, conversó con Carlos Salinas de Gortari, posteriormente se cerró a toda posibilidad de diálogo. El PAN, con mayor inteligencia política y públicamente, inició los acuerdos ante la inminencia de la toma de posesión. Se hicieron reformas fundamentales y por fin México arribó a la alternancia. El PRD, en el 2006, no aceptó los resultados de los órganos electorales y violó leyes con sus diversas manifestaciones de protesta. En ambos casos el electorado le dio la espalda y su fuerza política se diluyó enormemente. Conozco a Alejandro Encinas y sé que en el fondo su conciencia le reclama que pese más la obediencia que su convicción democrática.

Del PT no hay mucho qué decir. Con tal de conservar su registro y todo lo que ello significa, se ha sujetado a la ignominia y al sometimiento de su más reciente adquisición.


De acuerdo con lo establecido en nuestra Constitución, los partidos políticos son entidades de interés público y tienen como fin “promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de la representación nacional y como organizaciones de ciudadanos hacer el acceso de éstos al ejercicio del poder público”. Por lo tanto, los partidos aludidos no respetan nuestra Carta Magna al negarse a formar parte de órganos colegiados en los que se ventilan las políticas públicas.


Santo Tomás dice que cuando la parte no corresponde al todo, no hay duda que la parte está enferma; padece de sustentación y de principios. El PRI se acostumbró a ser el todo y aún no asimila ser parte. El PRD está bloqueado por sus viejos resabios. El PT desde hace tiempo dejó de reflexionar sobre principios.


Ofrezco disculpas por terminar aludiendo a la actitud del PAN. Uno de sus presidentes, Adolfo Christlieb Ibarrola expresó: “Intentamos dialogar, porque no pensamos que en la política toda la verdad concreta está incorporada a nosotros ni que el error concreto y total encarne en los demás. Esta actitud ha ayudado a que muchos mexicanos, unos escépticos de la política y otros adversarios, reconozcan que no somos un grupo cerrado de espíritu maniqueo”.
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lunes 23 de agosto de 2010
De los deberes
Estoy convencido de que el ciudadano tiene que luchar por el respeto de sus derechos para alcanzar la democracia y, para consolidarla, tiene que darle prioridad al cumplimiento de sus deberes. Esto es, para a alcanzar la posibilidad de que el poder se reparta –que eso en última instancia es la democracia– se tiene que dar una lucha para arrebatarle al poder espacios de participación y para regular su ejercicio. Una vez instalada la democracia, su consolidación depende de la calidad ciudadana para involucrarse en los asuntos que a todos atañe y que cada quien aporte lo mejor de sí mismo.


En palabras de Cicerón, sesenta años antes de Cristo: “No pregunten, ciudadanos, lo que Roma puede hacer por ustedes, sino lo que ustedes pueden hacer por Roma”. La frase fue retomada por John F. Kennedy en su toma de posesión. Mi buen amigo Diego Fernández de Cevallos dice que el problema nuestro país tiene muchos acreedores y nadie se considera deudor. Es decir, México le debe a todos los mexicanos, pero no hay reciprocidad de parte del ciudadano para darle algo a su nación.


Cumplir con el deber es la tarea más noble del ser humano. El más grande moralista, Immanuel Kant, en la Crítica de la razón práctica, dice:


Deber. Nombre sublime y grande, tú que no encuentras nada amable que lleve consigo insinuante lisonja, sino que pides sumisión, sin amenazar (…) tú, ante quien todas las inclinaciones enmudecen, aun cuando en secreto obran contra ti, ¿cuál es el origen digno de ti? ¿Dónde se halla la raíz de tu noble ascendencia, que rechaza orgullosamente todo parentesco con las inclinaciones, esa raíz de la cual es condición necesaria que proceda aquel valor que sólo los hombres pueden darse a sí mismos?


En el mismo sentido –y perdón por la extensión y el exceso de citas–, escribe Antonio Campillo:


El deber es la deuda contraída con los otros; es el legado que nos liga con nuestros antepasados, es decir, con todos aquellos que nos han dado todo cuanto somos y tenemos, pero es también el pacto, el acuerdo, el compromiso que nosotros mismos contraemos con nuestros contemporáneos, y, finalmente, es la responsabilidad que asumimos hacia nuestros descendientes, hacia todos aquellos que han de sucedernos. El deber es, pues, un puente entre el (yo) mortal y el (nosotros) inmortal, pero también entre el pasado y el porvenir, entre lo que nos ha sido dado o legado y lo que nosotros mismos instituimos con el propósito de darlo o legarlo a nuestros descendientes. Además, y al igual que el saber, también suele repartirse de forma diferenciada y discriminatoria; sea impuesto forzosamente o asumido voluntariamente, el deber se encuentra distribuido muy desigualmente entre unos individuos y otros.


En los países más desarrollados y en las democracias más consolidadas, el ciudadano le da prioridad a sus deberes por encima de sus derechos. Esto, que parece de una lógica elemental, tiene una enorme trascendencia. Se trata del universo de los deberes, desde la puntualidad, hasta el respeto hacia el otro; desde la honestidad en todos los actos de la vida pública y privada, hasta la responsabilidad para asumir tareas y para cumplir con civilidad con las obligaciones. El desarrollo, pues, es principalmente un asunto cultural y es, desde luego, reflejo de la solidaridad de una comunidad, pero también el valor individual de cada uno de sus integrantes. La vida será más útil en la medida en que se equilibren la egolatría y el altruismo. Una nación no puede prosperar cuando su gente espere todo de su gobierno o de los efectos de leyes milagrosas y, a su vez, no tenga el ánimo de superarse y de valerse por sí mismo.


México padece de una endeble conciencia política, de un respeto endeble a la ley y de una aún más endeble confianza en sus políticos. Sería maniqueo intentar individualizar responsabilidades, porque, en fin de cuentas, es algo que viene de mucho tiempo atrás y que nos incluye a todos. Ante los problemas que estamos viviendo, de profunda raigambre, la única explicación es una grave descomposición que afecta inclusive a las instituciones.


En este escenario, una pregunta taladra y angustia: ¿qué hacer? Es hora de la política seria y de la buena política; de replantear el discurso político y de redefinir principios básicos que orienten conductas y actitudes. Desde la antigua Roma se decía la frase: “Pessima corruptio optimis, lo pésimo es la corrupción de lo mejor”. José Ángel Conchello decía una y otra vez: las escaleras se barren de arriba para abajo. Ahí está el reto más relevante de nuestro incipiente proceso en el mejoramiento de nuestra embrionaria democracia: que todos los actores políticos asuman sus deberes.
Urge un buen diagnóstico de la realidad. Recordemos que el primer deber del político es conocerla y transformarla. Recordemos también que la realidad se maquilla, se disfraza, es jabonosa, y que no debemos resignarnos y quedarnos en ella, sino buscar siempre transformarla y de alguna manera domeñarla.
Se tiene que arrancar con un ejercicio de filosofía política que inicie con la precisión de principios fundamentales para explorar y recrear un consenso. Ningún momento más adecuado que el actual, a doscientos años del arranque de nuestro proceso de emancipación y a cien años del inicio de la Revolución. Es hora de terminar con mitos y falacias para definir las coordenadas que nos deben orientar hacia el futuro. Sería lamentable dar marcha atrás en lo que ya hemos avanzado y más lamentable aún que el pasado siga siendo un ancla que nos impide caminar con certeza.
No le demos demasiadas vueltas a la política, no es una disciplina que se enriquezca con la imaginación. Es más bien una tarea de memoria, de recordar y de repasar; de moverse en un terreno que limita la capacidad de maniobra pero que urge la decisión oportuna. Es una tarea de sentido común y de compromiso con lo que ya se ha confirmado una y otra vez que funciona y que da frutos: el liderazgo ético, con sentido de grandeza y de generosidad.